God Save The Queen: El reto de mantener vivo un mito

por | Oct 17, 2026

«Si cierro los ojos, les puedo ver».

Esa ya es toda una hazaña para un grupo tan complicado de interpretar como Queen.

La pregunta sería: ¿y si los abro?

Sobre el escenario veríamos a God Save The Queen, una banda tributo argentina que lleva desde 1998 recreando el universo musical y escénico de este icónico grupo y a quienes tuvimos la suerte de presenciar en el Movistar Arena de Madrid el pasado lunes 12 de octubre.

Fotografías: Alex Lock

Siendo honesta, por momentos sentía que me trasladaba 100% al universo de la banda en los 80, pero en otros observaba lo que era, un tributo muy logrado, donde faltaba la fuerza y el alma original.

Y es que esa es la parte complicada de atreverse a replicar a un grupo con una identidad tan icónica, teatral y llena de matices como Queen.

Cuando te enfrentas a un legado así, no solo tienes miles de ojos y oídos analizando cada sonido, cada grito y cada gesto, también tienes delante a un público que conoce las canciones, que ha visto sus conciertos una y otra vez y que, de alguna manera, lleva su propia imagen de Queen incorporada.

Ponerse frente a eso es de valientes.

Pero ¿hasta qué punto basta con reproducir fielmente aquello que hizo grande a una banda?

Musicalmente, God Save the Queen demuestra una gran dedicación. Los acordes, los arreglos y la interpretación instrumental están muy bien logrados. Además el parecido de su cantante (Pablo Padín) con Freddie Mercury, tanto en lo físico como en la gestualidad y el registro vocal, contribuye a construir una recreación convincente y sorprendente.

Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar y partía principalmente de algo tan fundamental como el sonido.

Tuve la suerte de estar en las primeras filas y, aun así, sentía que a la música le faltaba volumen y fuerza. La inmersión que esperaba sentir estando en pista no terminaba de producirse.

Además la guitarra eléctrica al principio parecía ocupar demasiado protagonismo frente a una voz que no destacaba lo suficiente. Cierto es que no tardó demasiado en ajustarse y el equilibrio hizo su magia.

En sí el espectáculo apostaba por recrear la estética y las convenciones de los conciertos originales, sin un despliegue escénico especialmente elaborado. Lo que tiene sentido dentro de su propuesta con intención de fidelidad, pero algunas transiciones entre canciones, marcadas por parones de oscuridad y silencio, cortaban el ritmo que la música había ido construyendo.

No obstante también jugaron como nexo con las famosas llamadas y respuestas vocales con el público (uno de los gestos más reconocibles de Mercury sobre el escenario) y con los icónicos solos de guitarra de Bryan May por Dani Marcos.

Fuimos muchas las personas que quisimos reencontrarnos con las canciones de una banda que forma parte de la historia de la música y decir que fue fantástico es un hecho, pero en mi caso, hubo cierta decepción.

Decir que las expectativas influyeron también es cierto y no pasa nada en reconocerlo. Yo quería sentir la fuerza que convierte la música en una experiencia compartida y catártica y que Queen logró sin duda alguna.

Por eso, quizá sea injusto comparar a una banda tributo con algo que, por definición, no puede reproducirse por completo: la presencia original de sus protagonistas, su historia y la conexión que construyeron con el público. Pero esa es también la paradoja de un proyecto que decide medirse con un grupo tan extraordinario.

Puedes cerrar los ojos y reconocer a Queen. Lo difícil es abrirlos y sentir que, de alguna manera, siguen estando ahí.

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