La presentación del primer EP de Lucía Espín, Un motivo para volver, en la Sala Villanos no fue solo un concierto; fue un viaje a Ítaca, donde lo que importa no es el final, sino el trayecto.
Lucía parte del muelle con toda la tripulación a bordo y nos invita a subir. Y lo hace como empiezan las historias que salen del corazón, desde la inocencia: abre el concierto un video suyo de niña cantando junto a su madre, Carmen Linares, «Chiquitina». Y, acto seguido, aparece enfundada en unas botas negras y body de lentejuelas con flecos que desplegó como alas para abrir con el tema que da nombre al álbum, «Un motivo para volver», bulería cuya letra es el regreso a esa inocencia de la infancia en este océano de cambios de la vida que, a veces, nos aleja de la playa y nos zarandea como un barco a la deriva (un tema que, en el álbum, lleva la guitarra de El Twanguero, por cierto).
Texto: Olga Muñoz. Fotografía: Carlos Caviles

Lucía es cantante, compositora y actriz, y sus letras arañan, pellizcan y narran emociones a golpe de pop, tintes flamencos y psicodelia; aunque no se debe etiquetar del todo a una artista que emerge con un álbum que es un proyecto suyo, y en el que confió plenamente Enrique Heredia, «el Negri», para producirlo, respetando la esencia que quería transmitir. Lucía Espín surfea con estilo propio las olas del pop flamenco con sonidos experimentales y atmosféricos, y cada tema se asienta sobre una base que está salpicada de gotitas de mares musicales diversos: desde la colombiana «Cuando salí de mi tierra» a la rumba de «Y no aprendo», pasando por el tango, el rock, ritmos afrobeat y, por supuesto, el flamenco, que lo impregna todo.
Y sí, claro que su música es fusión orgánica de muchas cosas, pues se hilan las melodías propias con el violín de Fran Palazón y las cuerdas de Daniel Acebes, «Cheli», al cello y al contrabajo, acompasadas por la guitarra flamenca de Edu Espín y la eléctrica y española de Víctor Iniesta Iglesias, marcadas por la percusión de Juan Carmona.

Pero también suenan ritmos argentinos con su grupo de versiones, Herencia, con Juan Pietranera al teclado y Cheli a las cuerdas. Es este un proyecto muy personal, con melodías propias y versiones de canción española y coplas que comenzó arreglando el tema «Quién tiene tu amor» a ritmo de tango porteño (un guiño a su padre), y se fue expandiendo hasta el atrevimiento de versionar «En el lago», de Triana, o «Me quedo contigo», de Los Chunguitos. Juan Pietranera (pianista argentino de amplia trayectoria que acompaña a Raphael desde hace más de quince años) sube al escenario para ensamblar estos dos temas, a los que sigue otra composición propia de Lucía, «A Lorca», que nos sumerge en las aguas oscuras del soneto El amor duerme en el pecho del poeta bajo una luz que se tiñe de rojo mientras se proyectan imágenes de Federico. Este tema se deja peinar con los vientos del violín y del cello y suena espectacular, sobrecogedor, acuchillando el aire con navajas y palabras recitadas, y marca de nuevo un cambio de rumbo en esta travesía.

Sube a bordo Soléa Morente para cantar «Yo sola», tema de Ray Heredia, rompedor de los esquemas clásicos del flamenco y cuñado de Enrique Heredia. Cambia la guitarra inicial del original por el violín de Fran Palazón, nos mecen dulcemente las voces de Lucía y Soleá, y nos dejamos llevar por sus suaves acordes flamencos. Bonito homenaje a Ray.
Le sigue la rumba «Y no aprendo», con un público sonriente y absorto que baila al compás. También hay espacio para «El problema», de Silvio Rodríguez, y luego volvemos a las profundidades de las que emerge, como no podía ser de otra forma, una artista invitada de honor: Carmen Linares acompaña a su hija en «Los tiempos», del productor Alex Herrero, un tema hondo con letras de soleá en el que brilla la guitarra eléctrica y se entremezclan las voces de dos generaciones que entonan un «na na na na» que es casi como un mantra, en un momento álgido de la noche.
Y de la noche salimos otra vez al sol para que nos roce la piel la brisa salina con «Ahora», primer tema propio muy popero con aire flamenco y sonidos experimentales que Lucía deja para el final, entretejiéndolo con versos de Machado. Nos quedamos con una sensación como al final de un bonito paseo por la costa, antes de abrir los ojos para dejar la fiesta en alto. El barco en el que viajamos también ayuda a la experiencia, pues la Sala Villanos, la antigua Sala Caracol tan de Lola Flores, —emblema del flamenco en la capital y que seguro guarda entre sus paredes la sombra de fiestas míticas— agradece la presencia y alimenta la llama, donde la luz es un miembro más de la banda y nos va metiendo en esas atmósferas tan cuidadas, tan graficas, como si estuviéramos en una representación teatral.

Hablan las letras de este álbum insufladas de un espíritu intimista y nos cuentan emociones. Sus temas son para disfrutar con marejada, viento de poniente o de levante, pleamar o tormentas internas. Son palabras que vuelan como gaviotas y que nos abren el mundo propio de Lucía: fantasías, anhelos, miedos, reflexiones, las piedras en el camino que nos encontramos en esta incesante búsqueda de lo que somos. No en vano recita a los poetas entre las melodías: Machado habla del paso del tiempo; Lorca, de los puñales del amor… Son soledades y encuentros en una celebración de familia, amigos y desconocidos unidos por una travesía.
En suma, el tono del concierto es completo, disfrutable pero maduro, y sus melodías con gancho quedan sobrevolando como en un mar en calma. Al final, la búsqueda de la que se nutren sus letras es un recordatorio: no perder nunca la alegría de vivir, la esperanza en el amor. Como dice uno de sus temas, «Lo que buscamos solo es una mano que sostener». Y esta noche, las alas brillantes de Lucía nos sostuvieron en una actuación enérgica en la que lo mismo alza los brazos al cielo y se pone de espaldas al público, que agarra un enorme abanico de colores aleteando como una mariposa. Pero esa voz potente del cante se vuelve manantial calmo cuando se dirige a la gente —su gente— para agradecer las ganas de compartir una velada muy especial que finaliza con «Alegría de vivir», también de Ray Heredia, en la versión popularizada por La Barbería del Sur e interpretada hoy por Enrique Heredia, con todos los artistas sobre el escenario navegando en aguas plateadas con esta artista que ha encontrado su sitio en la música.
Lucía Espín suelta las velas para dejar volar un proyecto en el que ha puesto su esencia entera. Lo ha compartido con los suyos, sí, pero también con desconocidos, sabiendo que el barco ya soltó amarras, que tiene vida propia y que la música y las letras son, desde este momento, mensajes en una botella lanzada al mar para que sea también nuestra banda sonora en la travesía hacia Ítaca.


















