Desde luego todos esos aquellos que eran reticentes a que un espacio como Roig Arena existiera o que no confiaban en que nos iba a permitir bandas y artistas difíciles de ver por nuestra ciudad, andaban un tanto desencaminados. No todos hemos tenido la suerte de haber estado esas primeras veces que los británicos visitaron València, en el año 94, ni tenía la mayoría de edad, y si mal no recuerdo, aún no había entrado en la dinámica de ir a conciertos en mi vida. Alguno habría caído, pero yo antes pisé Arena Auditorium en la sesión de discoteca de los viernes tarde, que asistiendo a un concierto. En esa época gloriosa que tantas bandas importantes visitaron la sala, yo aún andaba en pañales en esto de la música en directo, desgraciadamente. En apenas unos meses de vida del Roig Arena ya nos hemos quedado ojipláticos en varias ocasiones: Quién me iba a decir que los Biffy Clyro vendrían a València, que iba a cubrir la alfombra roja de los 40 Music Awards, o que en los próximos meses vayan a venir bandas como Megadeth y Judas Priest.

Nos habría gustado poder ver a la banda que abría la noche, los escoceses Swim School, que según hemos leído a algún compañero, Alice Johnson, su vocalista tiene una poderosa presencia y que su sonido está entre el shoegaze y el indie pop, seguro que hubieran dado para unas buenas fotos y para completar esta crónica, siempre hay que apoyar a este tipo de bandas y darles visibilidad.

A las nueve en punto, la banda subió al escenario, toma de posiciones, Brett algo más rezagado para mantener un poco más la tensión y la emoción del público, y pistoletazo de salida a una hora y cuarto, ¿Par qué más?, de descarga eléctrica, potencia en el sonido, entrega de súper Brett (forever young), y la melancolía de una generación desprendida por todo el auditorio, vestida de bailes, saltos, manos alzadas, sudor, cerveza, baño de Brett entre la masa (ojalá haber estado cerca y fotografiarlo) y, el arte, de desgañitarse cuándo los hits no paran de entrelazarse en un hilo infinito difícil de romperse, incluso guardándose casi silencio, en los momentos más íntimos. Hacer callar al público valenciano es tarea imposible, solo los grandes suelen conseguirlo (no siempre, claro). Si hizo cantar más a sus fieles seguidores o no, a falta de su afonía, es lo menos importante, la clave de la noche es que Suede volvió a tocar en València, fue la maestría de encajar los problemas y solventarlos, acortando el setlist y dando a la gente carnaza fresca de la buena. Entre toda la mandanga que soltaron, me quedo con Brett, con su sonrisa eterna, con su mirada (los ojos le brillaban), con su no parar de moverse (locos nos llevó a los fotógrafos en las dos canciones que nos concedió), con sus saltos, sus poses, y su hipnótica presencia.
Gracias a las promotoras que lo hicieron posible. Esperemos que el sueño de Suede en València se repita pronto y que podamos estar ahí para contarlo.


















