Jorge Pardo, su sexteto y el arte de crear mundos

por | Ene 20, 2026

Bautizar a Jorge Pardo y su sexteto como “creadores de atmósferas” es un piropazo. Pero, pensándolo bien, incluso se queda corto. Porque hay propuestas que consiguen generar una atmósfera propia, reconocible, algo que ya de por sí es una proeza. Y luego están esos conciertos, muy pocos, en los que no solo percibes una atmósfera, sino que sientes que viajas directamente al imaginario que está construyendo la música delante de ti. Eso fue exactamente lo que ocurrió anoche en el Café Berlín.

Lo que pasó allí no fue solo un concierto. Fue una experiencia inmersiva. Una sensación constante de estar dentro de algo vivo, cambiante, que se va construyendo en tiempo real. La música no avanzaba en línea recta, respiraba. Te llevaba, te soltaba y volvía a recogerte sin previo aviso. Y eso solo lo consiguen unos poquitos.

Fotografías: Kenyi Yoshino

Hablar de Jorge Pardo es hablar de una figura absolutamente clave en la música española contemporánea. Flautista y saxofonista fundamental en la historia del jazz flamenco, fue uno de los músicos que cambió para siempre el lenguaje del flamenco al formar parte del mítico sexteto de Paco de Lucía, además de colaborar estrechamente con Camarón de la Isla. Ahí no solo acompañó una revolución, fue parte activa de ella.

Su trayectoria es tan extensa como coherente, siempre moviéndose entre el jazz, el flamenco y la música libre, sin necesidad de etiquetas cerradas. Y ese camino ha sido reconocido con varios Latin Grammy, entre ellos el de Mejor Álbum de Jazz y el de Mejor Álbum Flamenco, premios que no hacen más que confirmar algo que el público lleva décadas sabiendo: Jorge Pardo es un creador que ha marcado escuela.

Anoche, al frente de su sexteto, volvió a demostrarlo. La propuesta se movió en un equilibrio perfecto entre el groove colectivo y el virtuosismo individual. Momentos en los que el cuerpo te pedía acompañar con la cabeza, casi sin darte cuenta, y otros en los que el tiempo parecía detenerse mientras un solo se desarrollaba con una intensidad hipnótica. Ritmos densos, cabezones, profundamente físicos, conviviendo con pasajes de una sutileza extrema.

Cada uno de los músicos que lo acompañan construye su propio universo sonoro, pero lo realmente impresionante es cómo todos esos universos encajan entre sí con una naturalidad pasmosa. No hay competencia, no hay lucha por destacar. Hay escucha. Hay diálogo. Hay una sensación constante de colectivo, incluso cuando uno de ellos toma el protagonismo durante varios minutos.

El formato del Café Berlín fue clave para que todo esto se percibiera con tanta claridad. Tener a los músicos en el centro de la sala, rodeados por el público, permite ver cada gesto, cada mirada, cada decisión musical. Puedes observar cómo se generan las ideas, cómo se lanzan y cómo el resto las recoge. Es casi un ejercicio de música a corazón abierto.

Jorge Pardo lidera desde un lugar que solo da la experiencia. No necesita imponer nada. Su presencia es tranquila, segura, y cuando entra con la flauta o el saxo, todo cobra sentido. Hay algo profundamente espiritual en su manera de tocar, una conexión directa con la emoción que no necesita ser explicada pero debería ser prescripción médica ser vivida.

Uno de esos conciertos que te recuerdan por qué sigues yendo a salas pequeñas, por qué sigues creyendo en la música en directo como algo insustituible. No pasó nada “espectacular” en el sentido clásico. Y, sin embargo, pasó todo.

Porque cuando la música consigue transportarte, hacerte viajar y dejarte con la sensación de haber estado en otro lugar durante un rato, ya ha ganado. Y eso, Jorge Pardo y su sexteto, lo hacen como muy pocos.

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