«Vivir y volar, solo voy buscando mi libertad»

por | Ene 22, 2026

Y volando entró la música de Antonio Lizana y José Manuel León, como el levante, en el Tempo club de Madrid la gélida noche del domingo 18 de enero, desafiando a Boreas, el viento de invierno.

En el marco del Festival de flamenco-jazz Tirititrán, con su formato íntimo y recogido, asistimos a un proyecto fusión de diversos estilos entre dos músicos que llevan compaginando sus proyectos propios con este en común desde hace 7 años, y donde cada vez tiene más terreno que abonar. Un concierto que no es solo sonoro, también visual y sensitivo, pues percibimos todos los elementos de principio a fin, como en un paseo al aire libre: el viento, el agua del río que fluye, la tierra marcada por el compás flamenco de la guitarra y el aire jazzero soplado por Antonio Lizana desde su saxo se arremolinaron por los pies de todos los presentes desde el inicio y solo pestañeamos cuando despertamos del embrujo. Nos dejamos sentir y volar por la guitarra acompasada, los vientos y la voz rasgada de Antonio, que, como dice su paisano Javier Ruibal, no se sabe si es cantaor que toca el saxo, o saxofonista que canta. Da igual: no nos gustan las etiquetas.

Fotografía: Álvaro De La Rosa

La primera edición de Tirititrán surge en el pequeño pueblo de Cambil (Jaén), en 2021, para promocionar esa fusión que marida tan bien: la del flamenco-jazz. Quería reivindicar el lugar metafórico que le corresponde al flamenco, sí, pero también un espacio físico a su altura. Y desde esa ubicación inicial en Jaén se fue caminando hasta Lavapiés, a la sala el Juglar, y este año llegó al Tempo. En ediciones pasadas ha contado con artistas como Cristian de Moret, Sergio de Lope, Enriquito o el trío Arakistain-Kaele-Morales. Y ahora, como no podía ser menos, encajaba como un guante el proyecto de Antonio Lizana y José Manuel León, en una sala con un aforo mínimo ideada para el disfrute de un público privilegiado que vivió, «como si estuviera en el salón de su casa», un concierto único.

Antonio Lizana (saxofonista, cantaor y compositor de San Fernando) agarró un saxofón a los 10 años y desde entonces no ha parado. Comenzó en el conservatorio de su ciudad de origen y completó sus estudios superiores en Musikene (Centro Superior de Música del País Vasco). Hasta la fecha, ha publicado cinco álbumes propios que muestran su naturaleza ecléctica, y con su quinteto ha actuado en más de 30 países y participado en festivales internacionales y de flamenco de primer nivel, con colaboraciones que van desde Chano Domínguez y Marcus Miller a Shai Maestro y José Mercé. También ha sido uno de los pocos artistas españoles en grabar un Tiny Desk Concert para NPR (EE. UU.).
Entre sus referentes conviven el flamenco de Camarón, Paco de Lucía o Enrique Morente, el jazz de Charlie Parker o Perico Sambeat, influencias orientales como Omar Faruk y ecos del rock y la canción sudamericana.

Antonio busca, siente, experimenta. Es saxo, es voz y flauta travesera. Todo en él es aire. Ahora ha vuelto a sus orígenes gaditanos después de muchos años viviendo fuera. Es cosmopolita, y él lo sabe y lo usa en su música. Pero le gusta que la contemporaneidad de sus canciones no sea algo ambiguo, sino identificable. Que la música muestre un paisaje claro. Es decir, El río lo canta un gaditano, pero se percibe a un artista de tradición flamenca que ha estudiado jazz. En sus temas más orientales, se saborean los ritmos y melodías turcas. Y así todo. Porque Antonio no es solo fusión flamenco-jazz. Él mira hacia un horizonte mucho más amplio, que no conoce fronteras.

José Manuel León, guitarrista flamenco y compositor de Algeciras, se formó desde niño en la tradición familiar de procedencia sevillana, profundamente influenciado por Paco de Lucía y Camarón. Con una larga trayectoria como acompañante y creador, ha colaborado con figuras del flamenco y la música popular (Pitingo, Carmen Linares o Gerardo Núñez Trío) al tiempo que desarrolla proyectos propios, algunos de carácter social, como Sirimusa o Mujer Klórica, donde explora una guitarra abierta, reflexiva y en constante diálogo con otras músicas.

Está abierto de par en par al jazz, siempre fiel al compás, y así se entiende la vanguardia y el nivel de experimentación y apertura de este guitarrista, pues lo lleva grabado en las dendritas del proyecto que escuchamos hoy con el saxofonista de San Fernando.

La música de Antonio Lizana y de José Manuel León es movimiento puro, un viaje transfronterizo de ida y vuelta desde Cádiz a Nueva York con brisa marinera, especias orientales y voces sudamericanas; es río y agua donde te dejas llevar; es montaña que subes a ritmo del compás flamenco y desde donde te sientas a disfrutar, sentado junto a Camarón, Paco de Lucía y John Coltrane, de una soleá o de un tango mientras miras al Atlántico.

Y eso es lo que hicimos en el cierre de esta minigira del proyecto conjunto. Beben uno del otro en un ensamblaje que les representa a los dos, cada vez más: Antonio necesita respirar flamenco; José Manuel es un enamorado del jazz. Por eso la guitarra exuda jazz por los trastes, y el saxo se flamenquiza y canta por bulerías con esa flexibilidad suya de timbre casi humano.

Antonio Lizana es compositor y letrista, y también un gran comunicador. Toca el saxo y canta, pero es que también tiene un don para escribir y contarlo desde el escenario: la palabra es un pájaro que vuela en las alas de sus canciones, y no se debe pasar por alto. Nos cuenta historias, y eso crea una atmósfera íntima con su interlocutor, el público, que no solo escucha el concierto, también lo lee siguiendo una narrativa y una línea argumental. Por eso este concierto es una experiencia de principio a fin, con una intención y un hilo conductor.

Y todo sin soltar la mirada y la conexión constante con José Manuel, cuya guitarra no pierde jamás el compás, abierta como está a la experimentación y a la improvisación del jazz. Como él mismo dice, hace años que se salió de la disciplina férrea desde la que se inició con su padre, Salvador Andrades (muy abierto a otras músicas como el jazz, hay que decirlo), para sentir y respirar con algo más de libertad el disfrute de la guitarra —hay que vivir para poder contar algo— buscando un equilibrio, sin dejar de trabajar duro, no nos confundamos. Porque estos dos músicos llevan un trabajo en las manos y en la cabeza que explota en el escenario.

Inicia la voz de Antonio Lizana, que sale como caudal incontenible directamente desde San Fernando, cuando nos dice, después de un arrebato de saxo que sabe a club de jazz neoyorquino: «Vámonos un rato para Cádiz, ¿no?». Y por alegrías y tientos saca la voz y las palmas y canta: «Mi corazón voy a entregarte a través de mis canciones». Y vaya si lo entrega. Antonio empieza cómodo con el saxo tenor, con un tono jazzero al que José Manuel responde al compás de una guitarra que no es flamenca sin apartar la mirada de su compañero ni quitar la sonrisa. El ritmo se acelera, Antonio se agarra la camisa, ambos saltan sobre la silla y el público lanza un olé con acento madrileño, saliendo del ensimismamiento entre aplausos.

Llega después una bulería nueva, Mundo mío, compuesta hace apenas una semana, y al final asoman, como si nada, los acordes de El Manisero. Siguen unos tangos de José Manuel León, Hay que ser positivos, de su álbum Sirimusa, donde la guitarra despliega una técnica soberbia y deja al descubierto los ecos más sensibles de su sonido. Y entonces nos arrastra la corriente de El río, mecido por la flauta travesera, mientras Antonio canta: «En otra vida fui un río». Y no me extraña: pueden ser lo que quieran estos dos, con ese poder de transformación para moverse entre la libertad total del jazz y la hondura de la seguiriya.

Ya he dicho que Antonio es un mago de la palabra. Juega con ella y crea un término nuevo, Seguirijazz, que, en mi opinión, condensa su universo de mezcla, experimentación y emoción, siempre reconocible e intenso. El tema, con seguiriyas también de José Manuel, comienza denso e introspectivo, con el saxo soprano y el rasgueo acelerado de la guitarra, hasta que poco a poco se serena y se adentra en el territorio profundo de este palo flamenco tan hondo y tan sentido.

El concierto termina con Volar, del último álbum de Antonio Lizana, una invitación a elevarnos con ellos fuera de la cueva, como el viento que necesita salir. Y eso hacemos, metidos en su torbellino. No queremos que acabe, claro. Así que hay un bis final que, como no podía ser de otra forma —siendo uno de San Fernando y otro de Algeciras—, llega por bulerías de Camarón y Paco de Lucía. El público aplaude, se levanta y respira. Esta noche todos fuimos un poco gaditanos. Y neoyorquinos. Ciudadanos del mundo sentados en el sofá de casa, pero con la ventana abierta para que entre el fresco. El concierto fue un soplo, un suspiro, un vendaval que nos despeinó y nos recordó lo fugaz de la vida y el viaje geográfico y multisensorial al que solo la música sabe llevarnos. Viva Cádiz. Tirititrán.

*Nota al pie de esta crónica: Para rematar una noche flamenca, hubo sesión de DJ en la planta de arriba del Tempo con los organizadores del Tirititrán, una iniciativa para socializar y disfrutar del after-concert, y por si no fuera suficiente, en la planta de abajo, una jam session Afro Funk Flamenco Jazz con Nicolás Cañete, Naima Acuña, Álvaro del Valle y Adrián Esteves. Vamos, que quien no se da una sobredosis musical un domingo cualquiera en la capital, será porque no quiere.

Crónica: Olga Muñoz
Fotos: Álvaro De La Rosa

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