Fotos y texto: Kenyi Yoshino
Cuando un concierto te ha gustado mucho, escribir sobre él suele ser relativamente sencillo. Las ideas aparecen, los recuerdos se ordenan y las palabras fluyen casi solas. Pero cuando un concierto te remueve por dentro, te conecta con algo muy profundo y te hace sentir que, pase lo que pase, la vida merece la pena porque siempre estará la música, entonces escribir se vuelve más complicado. No porque no haya nada que decir, sino porque hay demasiado.
Lo de Morgan va mucho más allá de su innegable calidad musical, que es enorme. Va más allá del buen gusto en las canciones, de los arreglos cuidados o de un directo técnicamente impecable. Lo suyo trasciende incluso eso tan manido de “tocar corazones”. Hay algo más difícil de explicar y mucho más complicado de conseguir. Algo que suena sencillo, pero no lo es en absoluto. SENTIMIENTO. Así, en mayúsculas.

Anoche La Riviera fue testigo de uno de esos conciertos que no necesitan fuegos artificiales ni discursos grandilocuentes para quedarse contigo. Desde el primer tema se percibía una conexión especial entre banda y público, una especie de hilo invisible que iba creciendo canción a canción. No había prisa. No hacía falta. Morgan sabe manejar los tiempos como pocas bandas ahora mismo.
Obviamente, nada de esto sería posible sin los músicos que forman la banda. Cada uno aporta desde un lugar muy claro, con un respeto absoluto por la canción y por el conjunto. No hay egos desbocados ni protagonismos innecesarios. Todo está al servicio de la música, y eso se nota en cada transición, en cada silencio, en cada crescendo perfectamente medido.
Y luego está Nina. Lo de Nina es absolutamente conmovedor. No solo por cómo canta, que ya sería motivo suficiente, sino por cómo transmite. Hay algo en su manera de estar sobre el escenario que resulta profundamente honesto. No interpreta desde un personaje, no se esconde detrás de nada. Es emoción directa, sin filtros. Y eso atraviesa.

De hecho, si alguien no conociera a Morgan y se encontrara con ellos por primera vez, bastaría con escuchar sus intervenciones entre canción y canción. Esa naturalidad, esa sencillez, esa espontaneidad tan poco impostada. Incluso su manera casi irónica de dar las gracias, sin repetirlas de forma mecánica, dice mucho de quiénes son. Solo con eso ya te entran ganas de saber qué hay detrás de esa forma de comunicarse.
Y lo que te encontrarías es una de esas bandas nacionales de las que nos sentimos especialmente orgullosos. De las que demuestran que se puede crecer sin perder identidad, que se puede llenar una sala como La Riviera un día y al siguiente un Circo Price sin traicionar lo que eres. Porque Morgan está en ese punto en el que el éxito no ha diluido lo esencial, sino que lo ha reforzado.

Anoche quedó claro por qué cuando se habla del famoso “poder de la música”, su nombre aparece inevitablemente. Porque lo suyo no va de modas ni de fórmulas. Va de verdad. Y en eso son casi inigualables.
Y ya para terminar, una reflexión inevitable. No sé muy bien de dónde viene el eterno debate sobre el sonido de La Riviera. Anoche sonó increíble. Como han sonado increíbles muchos otros conciertos allí. Lo cual hace pensar que, quizá, el problema nunca estuvo en la sala, sino en todo lo demás.
Conciertos como el de Morgan te reconcilian con muchas cosas. Y eso, hoy en día, no es poco.



















