“Una yegua divina. Más fuerte que la cocaína.”

por | Feb 18, 2026

No es solo una línea que originalmente dice «cafeína» y en directo cambia. Es una declaración de intenciones. Es el resumen perfecto de lo que fue el fin de gira de Nathy Peluso en Madrid: exceso, carácter, potencia y una seguridad escénica que se trae de fábrica.

Casi dos horas de concierto divididas en tres actos. Y cuando decimos actos, no es una forma de decir que se cambió 3 veces de vestuario. Hubo estructura, narrativa, transición emocional. Hubo concepto.

Terminar una gira es dejar atrás una era. Un sonido. Una estética. Una forma concreta de moverse por el mundo. Es abandonar esa piel que te ha acompañado durante meses y que ha crecido contigo noche tras noche. Y ella lo verbalizó. Nos dio las gracias por verla crecer. Y esa frase, aparentemente sencilla, abrió una puerta personal hacia atrás.

Texto: Kenyi Yoshino. Fotografía: Álvaro Carlier

Alvaro Carlier, Nathy Peluso
Fotografía: Álvaro Carlier

2018. Barrio del Pilar. Concierto gratuito. Una Nathy prácticamente desconocida. Un escenario improvisado, coches de choque alrededor. Soul mezclado con copla. Una naturalidad insultante. Letras que podían convertir algo tan cotidiano como una pizza con pepperoni en una oda desacomplejada y brillante. Y, sobre todo, esa descarga eléctrica que solo aparece cuando detectas un talento fuera de lo común. No una artista prometedora. Un TALENTAZO.

Aquella chica que cantaba con una voz enorme, que jugaba con los géneros sin pedir permiso, que parecía disfrutar cada segundo como si fuera el último, ya tenía algo distinto. No era postureo. No era estrategia. Era intuición artística pura.

Y ahora, años después, lo que era intuición es dominio.

Alvaro Carlier, Nathy Peluso
Fotografía: Álvaro Carlier

Macarra cuando quiere. Sensual cuando le da la gana. Excesiva si la canción lo pide. Controlada si el momento lo exige. Hace “culto” a la grasa aunque de grasa no tenga ni una gota. Ironía, discurso, personaje y verdad conviviendo en el mismo cuerpo. Físicamente es un portento. Resistencia, coreografía, potencia vocal, presencia.

Primeros dos actos con boleros, bachatas, mucho hip hopaa. Porque si algo tiene Nathy es alma hiphopera. Está en su forma de frasear, en cómo ocupa el beat, en cómo mira al público como si estuviera en una batalla de gallos constante.

Y sí, está el autotune. Ese recurso que en otros artistas puede generar dudas. Ese efecto que, si se usa sin criterio, se convierte en muleta. Pero en su caso es herramienta estilística. Es textura. Es decisión creativa. Lo usa cuando quiere y lo abandona cuando necesita que la voz cruda lo diga todo. Y cuando hay personalidad, hay personalidad. Lo demás es debate superficial.

Alvaro Carlier, Nathy Peluso
Fotografía: Álvaro Carlier

El tercer acto fue de pura salsa. Doce músicos en escena. La parte más extensa del show y la más expansiva. Preciosos arreglos. Sudor real. Energía compartida. Nada pequeño. Nada tibio. Nada hecho para cumplir. Ahí se notó el crecimiento. La artista que empezó paseándose entre coches de choque ahora dirige una maquinaria musical compleja sin perder el filo. Sin perder el desparpajo. Sin perder esa mirada que mezcla desafío y complicidad.

Y mientras la veías moverse, cantar, teatralizar, dominar silencios, inevitablemente pensabas en lo fácil que sería juzgarla mal a la primera escucha. Si alguien aterriza por primera vez en un tema suyo con exceso de autotune, sin entender del todo la letra, quizá piense que no es para él. Que es demasiado. Que es artificio. Y estaría perdiéndose una de las propuestas más creativas y desbordantes de la nueva hornada argentina.

Alvaro Carlier, Nathy Peluso
Fotografía: Álvaro Carlier

Porque Nathy es riesgo. Es mezcla. Es traer la salsa, el bolero o la bachata al presente sin pedir permiso a los puristas. Es rapear con actitud y luego cantar con técnica impecable.

Infinita verdad detrás de infinito espectáculo.

Alvaro Carlier, Nathy Peluso
Fotografía: Álvaro Carlier
Alvaro Carlier, Nathy Peluso
Fotografía: Álvaro Carlier

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