Enji pertenece a esa rara estirpe capaz de convertir la introspección en algo que interpela al mundo entero. Sonor, su nuevo trabajo, es un disco que respira como la naturaleza a la que tanto alude: orgánico, limpio, lleno de matices que se revelan solo si uno se deja llevar por ellos. La cantante y compositora mongola —afincada entre Munich, Brasil y cualquier lugar donde encuentre verdad— vuelve a desplegar esa mezcla única de lirismo, silencio y emoción contenida que la ha convertido en una de las voces más fascinantes del jazz contemporáneo.
En Territorio Music hablamos con ella sobre identidad, viaje, silencio, colaboración, raíces que se transforman y un disco que parece flotar como una brisa suave… pero que deja huella.

En tu nuevo álbum Sonor vuelves a los temas de identidad y pertenencia. ¿Qué ha cambiado en tu forma de abordar estos asuntos desde Ulaan?
Cada álbum tiene su propia historia, su propio color. Con Ulaan hablaba en voz alta de quién era: traducía mis recuerdos y raíces en sonido, como atrapar destellos de hogar. Con Sonor puede parecer que toco temas similares, pero ya no me hago las mismas preguntas. El tiempo ha cambiado, y yo también. He comprendido que pertenecer no siempre necesita una forma clara: solo necesita sentirse, estar presente.
Mongolia, Múnich, Brasil… tus canciones parecen un mapa emocional hecho de lugares. ¿Qué significa “hogar” para ti hoy?
Qué bonito lo has dicho, gracias. Intento capturar momentos que ya contienen música dentro. La vida está llena de esos momentos; pueden ocurrir en cualquier parte, donde esté o cuando sienta una conexión con un lugar. Cuando dejé Mongolia pensé que había dejado atrás mi hogar, y que todos los demás sitios serían extraños para mí. Pero con el tiempo entendí que el hogar viaja conmigo. Está en el viento, en un olor concreto, en la forma en que la gente escucha. Un lugar que antes parecía extraño también puede convertirse en hogar: cuando haces recuerdos allí, cuando tus sentidos se despiertan y construyes algo valioso. Es menos una ubicación y más un estado de presencia.

Tu música está llena de metáforas y silencios que dicen tanto como las palabras. ¿Cómo construyes tus letras? ¿Llegan primero las imágenes, los sonidos o las emociones?
Cada vez es muy distinto, aunque a menudo nace de historias reales o imágenes claras. Una vez sé de qué trata la historia y vivo la idea, construyo los demás elementos, da igual cuál haya llegado primero. Mis letras son imaginarias y las palabras, para mí, son una expresión rítmica muy poderosa, así que trabajo sobre ellas una y otra vez hasta que el flujo es natural y encaja con la canción. Pero lo disfruto mucho.
En tus discos hay una mezcla muy orgánica de jazz, folk y tradición mongola, pero nunca suena forzada. ¿Cómo encuentras ese equilibrio entre raíces y exploración?
No intento mezclarlos conscientemente. Crecí con melodías tradicionales mongolas, pero descubrí el jazz y la improvisación más tarde —ambas son formas de libertad, en realidad—. Cuando hago música no pienso específicamente en géneros. Simplemente sigo un sentimiento, y de algún modo esas raíces y esa exploración se encuentran de manera natural, como dos ríos que se unen.

En Sonor vuelves a contar con Paul Brändle y River Adomeit, un trío que ya suena como un organismo vivo. ¿Cómo ha influido esta relación tan cercana en tu forma de componer y cantar?
Tocar con Paul y River se siente muy natural. Hacer música juntos es algo especial: nos escuchamos y nos comunicamos cada uno con sus propias palabras, pero contamos una misma historia. Hay mucha confianza. Y además son músicos increíbles que me inspiran muchísimo a tocar con ellos y a crear nuevos momentos en directo.
También has trabajado con artistas como Maria Portugal y Joana Queiroz, que, como tú, se mueven entre la improvisación y la poesía. ¿Qué te atrae de esos encuentros entre mundos musicales distintos?
Me encanta colaborar porque es una forma de escuchar de manera diferente. Cada artista trae un nuevo universo de sonido y emoción, y me atrae ese intercambio. Con Maria o Joana había un sentido de curiosidad: no sabíamos qué iba a pasar, y eso es lo bonito. Creo que la música crece cuando se encuentra con otras musicalidades y culturas.
Muchos medios describen tu voz como algo entre Ella Fitzgerald y las montañas de Mongolia. ¿Cómo te sientes al leer comparaciones tan amplias y contrastadas?
Alguien como Ella, “la Primera Dama de la Canción”, es toda una historia del jazz vocal: es realmente incomparable. Creo que lo que la gente quiere decir es que escuchan un destello de cómo expreso la música al cantar. Estoy profundamente agradecida por ese honor, pero al final intento no ubicar mi voz dentro de ninguna comparación. Mi voz simplemente lleva mi propio sonido.

Has actuado en Colors Show, la BBC y grandes festivales, pero tu música sigue sonando íntima, casi doméstica. ¿Cómo mantienes esa cercanía en medio del reconocimiento internacional?
Entiendo lo que quieres decir, pero por suerte no siento grandes diferencias ni me resulta difícil seguir siendo quien soy como artista. Para mí cada actuación es igual: es una oportunidad de conectar con el público, sin importar el tamaño de la audiencia. Siempre hay gente escuchando, y de algún modo la música resulta cercana para todos.
En un momento en que la industria apuesta por la inmediatez, tú sigues abrazando un sonido paciente, lleno de matices. ¿Qué papel juegan el silencio y la espera en tu proceso creativo?
El silencio es donde nacen las canciones. He aprendido que esperar no es pasivo: es escuchar de una manera más profunda. A veces la melodía llega rápido, pero otras necesita tiempo, espacio y quietud. Intento no forzarla. La música tiene su propio ritmo de crecimiento, como la naturaleza.
Si tuvieras que definir Sonor con una sola imagen, un paisaje o un sentimiento… ¿cuál sería?
Una brisa de primavera 🙂













