Desde Algeciras hasta Seúl, pasando por la literatura, el audiovisual y el pop, su proyecto no se entiende como una suma de disciplinas, sino como un lenguaje único donde todo dialoga.
Su debut, MoMA (Museum of Misplaced Art), es un mapa emocional y cultural, un museo imaginario donde cada canción funciona como una pieza que explica de dónde viene… antes de empezar a contar hacia dónde va.
En esta conversación con Territorio Music, hablamos con ella sobre identidad, referentes, industria y ese momento clave en el que dejas de mirar hacia fuera para empezar a construir algo que solo puede ser tuyo.

Sélpide, vienes de Algeciras, has pasado por Corea del Sur y ahora presentas MoMA. Mirando hacia atrás, ¿en qué momento dejaste de pensar solo en hacer canciones y empezaste a construir un universo artístico propio?
Creo que las dos cosas llegaron de la mano. De pequeña mi mayor referente eran los tebeos de Mortadelo y Filemón, quería ser escritora de fantasía y terminé estudiando Comunicación Audiovisual porque soñaba con hacer cine: nunca he sido capaz de separar disciplinas artísticas. Mis primeras canciones parecían poemas — les puse música porque algo en las palabras hacía que me resultara instintivo tararearlas. Al escucharlas se me venían imágenes a la cabeza y pensé en que grabarles videoclips era lo más cercano a dirigir películas que podía estar en el momento. Todo se entrelaza. Me gusta trabajar desde el conjunto, me nace explorar los proyectos desde el concepto. No puedo evitarlo.
“MoMA (Museum of Misplaced Art)” funciona como un museo imaginario donde cada canción es una pieza. ¿Cómo nace esta idea y qué te permitía contar que no podrías haber contado con un disco más convencional?
Durante la universidad compartía piso con una de mis mejores amigas. Decoramos la casa de la forma más barata posible: imprimiendo imágenes que nos gustaban (escenas de películas, capturas de videoclips, ilustraciones de personajes de animación…) en cartulinas de tamaño folio. Al estar todas en el mismo formato, plantarte delante de las paredes en las que las pegamos era un poco como entrar en un pequeño museo de cosas admiradas. Empezamos a llamarlo «el MoMA» — y pronto se convirtió en un término propio que no solo hacía referencia a la pared, sino también al universo de referentes que te inspiraban lo suficiente como para acabar impresos («estoy escuchando mucho a Cowboy Bebop, creo que va a entrar en mi MoMA»). Empecé a darme cuenta entonces de que estos referentes hablaban sobre mí mucho mejor de lo que podría hacerlo yo sola: nuestra interacción me moldeaba. Por eso, cuando llegó el momento de plantear el primer disco, no pude evitar regresar a la idea del MoMA. Si con cada canción rendía homenaje a uno de los referentes de la pared, podría crear un espacio en el que presentarme ante el mundo — contar de dónde venía para, de aquel momento en adelante, centrarme en el adónde voy.
Dentro de ese museo conviven referentes reales, ficticios e incluso ciudades o espacios. ¿Qué tienen en común todos esos elementos para formar parte de tu identidad artística?
A mí. Creo que es lo único que los une — que, por algún motivo, no pude evitar que se me fuera la mirada a ellos y, una vez allí, tampoco la pude retirar. Es lo que me gustaba del concepto del MoMA: al hablar de referentes, nunca puedes retratarlos solo ellos, porque todo lo que cuentes va a estar condicionado por tu propia visión. Te puede gustar el fútbol porque siempre has hecho deporte, porque conectas mucho con el compañerismo de jugar en equipo o porque eres muy competitivo — y quizás, aunque conozcas a alguien a quien le gusta el fútbol tanto como a ti, no conectéis, porque lo que hace que os remueva son cosas distintas. Lo que yo pretendía capturar con el MoMA es justo eso: lo que hace que me remueva.
Hay algo muy generacional en el concepto del “póster en la habitación”. ¿Qué obsesiones o referentes han ocupado tus propias paredes a lo largo de los años?
En diferentes épocas y momentos, las películas de Studio Ghibli, la poesía de Emily Dickinson, los libros de Neal Shusterman… y, sobre todo, Pokémon. Sin duda alguna. Mi mejor y más viejo amigo. Hablando de música, durante la preadolescencia era muy fan de Marina & The Diamonds (ahora solo Marina); después pasé a Lorde, que sigue siendo mi mayor referente a día de hoy. Red Velvet y LOONA, dos grupos de K-Pop, me marcaron muchísimo en la universidad — sigo escuchándolas, sobre todo a Yves, una de las miembros que ahora tiene una carrera increíble como solista de pop alternativo. La serie Teen Wolf fue mi gran obsesión durante el instituto. Ahora mismo le ha cogido el relevo Buffy Cazavampiros. Leo mucho a Joan Didion. La verdad es que me gustan muchas cosas y nunca dejo de encontrarme mirando a otras nuevas… creo que es una suerte.

Pasaste un año en Corea del Sur formándote como topliner en la industria del K-Pop. ¿Qué te llevaste de esa experiencia que hoy sigue presente en tu forma de componer o producir?
Yo hablo de ello como si fuera mi mili. El ritmo de trabajo era demencial, pero aprendí muchísimo y me quedo con dos cosas: estructura o fórmulas de éxito en el pop más comercial y delivery. El pop más comercial es, la mayoría de las veces, también el más pegadizo — y esa es una de las facetas de la música que más me fascina. Entender sus códigos implica poder (intentar) replicarlos incluso en temas que exploran otros géneros o sonidos. Y ser camaleónica con tu delivery es una habilidad esencial como topliner; como escribes canciones para muchos artistas distintos, tienes que ser capaz de grabarte interpretando la guía de una forma que capture la esencia de quienquiera que vaya a cantarla a posteriori. Creo que explorar tus capacidades vocales y de actitud desde esa óptica te hace crecer mucho como artista.
Tu música parte del pop, pero constantemente lo empuja hacia otros lugares. ¿Qué te interesa romper o cuestionar dentro del pop actual?
La idea de que hay una sola forma de hacer pop. Sobre todo dentro de la industria española. Que algo no lo haya hecho nadie antes no significa que no pueda funcionar. De hecho, en la mayoría de los casos es lo único que asegura el éxito: que un artista tenga una personalidad lo suficientemente fuerte como para dejar su huella en la gente. La personalidad y la visión artística van de la mano. No podemos llevar por bandera a Rosalía y después rechazar proyectos por ser difíciles de encasillar o utilizar recursos y códigos que «aquí no se ven».
Más allá del sonido, cuidas mucho la parte visual: diriges y produces tus propios videoclips. ¿Dónde empieza realmente una canción de sélpide: en la imagen, en el concepto o en la emoción?
La mayoría de las veces, en el concepto. Pero identifico un concepto como bueno solo porque me emociona pensar en él, así que supongo que son inseparables. La imagen viene luego. Eso sí: una vez existe, tampoco soy capaz de aislarla de las otras dos. Sigo construyendo para que el sonido pueda encapsular la energía que creo que desprenden las imágenes que tengo en la cabeza.
También escribes literatura infantil y juvenil. ¿Cómo conviven esas dos facetas creativas? ¿Qué encuentras en la música que no te da la escritura, y viceversa?
Las canciones son píldoras. Esquemas. Pinceladas. Ventanas a algo más grande que tiene que construir quien escucha — el espacio es muy limitado y eso, como autor, te obliga a jugar con la abstracción. Consecuentemente, es muy fácil conectar con la música: quedan huecos por rellenar y cada oyente se inserta en ellos a su manera. La literatura, por el contrario, explica más parte de sí misma en lo que enseña que en lo que omite. Eso permite al autor tener un mayor control sobre la narrativa, pero también exige de un esfuerzo más grande por parte de la persona que está al otro lado para verse dentro. El cine, el cómic, los videoensayos: cada formato tiene sus particularidades, y soy firme creyente de que existe el perfecto para cada idea. Por eso el cuerpo me pide convertir algunas en canciones, otras en novelas… y otras en lo que sea que esté por venir.

Se perciben influencias que van desde artistas como Lorde o Rosalía hasta grupos de K-Pop. ¿Cómo se digiere todo eso sin perder una voz propia?
No pensando en los referentes. Suena un poco hipócrita decir esto cuando tengo un disco entero que solo habla de referentes, ¿no? Pero justo esa fue la conclusión a la que llegué mientras trabajaba en el MoMA: si los referentes son influencias de verdad, pasan a empapar tu identidad. Te construyes en base a ellos, robando un poquito de cada uno — y es tu mirada, el lo-que-hace-que-te-remueva, tu voz la que vertebra el museo. No te pierdes porque es tu esencia misma la que determina en qué te fijas. No hay voz más propia que la de un curador.
Hablas de querer convertirte en una estrella del pop queer, andaluza y conceptual. ¿Qué significa para ti ser una estrella del pop hoy en día?
Es verdad que quizás sea un término obsoleto. Vivimos en la era de las pantallas individuales, de la personalización extrema. La inagotable oferta de internet ha hecho posible que encontremos exactamente el tipo de música (o de películas, o de lo que sea) que nos gusta de verdad, pero también implica la pérdida de una cultura compartida. Cada vez hay más celebridades nicho, pero menos figuras conocidas por todos —creo que los angloparlantes tienen un término especifico para ellas, household names— y si algo define a una estrella es su brillo: todo el mundo debe poder verla. Las estrellas del pop son una rara avis; la mayoría de las que nos quedan son supervivientes del antiguo régimen. Creo que estamos todavía en un periodo de transición en el que, aunque despuntan figuras como Chappell Roan o PinkPantheress, no han terminado de consolidarse — sobre todo porque no hemos establecido cuáles son los estándares en este nuevo ecosistema, qué pasa a significar eso de «llegar a todo el mundo» cuando ya apenas nada llega a todo el mundo. La definición de la nueva estrella del pop va a depender de cómo naveguemos esta transición. Mi sueño es que legue un día en el que alguien me mire y piense: «esto es. Aquí están las palabras que buscaba».
Fuiste finalista del Mad Cool Talent 2025. ¿Qué impacto real tuvo ese reconocimiento en tu camino como artista independiente?
He de decir que no noté ningún cambio — ni más interés por parte de la prensa o los medios ni ofertas por parte de agentes culturales ni ninguna otra cosa por el estilo. Somos tantos artistas intentando abrirnos paso que incluso las pocas iniciativas que tratan de democratizar de alguna u otra manera el acceso a la industria están copadas. Más que en cuanto a reconocimiento, fue una experiencia muy enriquecedora en la práctica: conocí a un montón de personas que han terminado formando parte de mi red musical en Madrid (mi actual manager, sin ir más lejos, se encargaba de la producción la noche que canté en la final)… y me lo pasé súper bien.
“MoMA” es un debut ambicioso y muy definido. ¿Qué parte de ti sientes que se ha quedado fuera de este primer álbum y aún está por explorar?
Sobre todo mi sonido. No podría haber elegido una palabra mejor para describirlo que «definido»: al ser un proyecto con unas normas tan marcadas, me dejaba poco espacio para improvisar. Empecé con el MoMA cuando tenía poco más de veinte años — era muy joven, todavía no había encontrado mi sonido y no se me ocurría mejor forma de hacerlo que experimentar. Después de tantos años escribiendo y moldeando canciones con la intención de que todas sean distintas entre sí, he aprendido lo suficiente sobre mí misma como para tener claro cómo sueno de verdad. Los referentes ya han sido presentados en sociedad: ahora quiero que el mundo me conozca a mí. Sola, sin ellos — con ellos como matices, porque nunca pueden irse del todo, porque soy quien soy por ellos — pero con el foco puesto en lo que yo puedo ofrecer.

El directo en Radio 3 y el concierto en Barcelona marcan el salto al escenario. ¿Cómo estás planteando el directo para que esté a la altura del universo que has creado en el disco?
Pues con mucho agobio, no te voy a mentir. Soy muy exigente y el tipo de vida que llevo (tengo un trabajo de persona normal 40 horas a la semana) no me permite, por ejemplo, ensayar tanto como creo que me hace falta, o respaldar con los recursos pertinentes la clase de propuestas que me gustaría llevar a cabo. Sin ir más lejos, a Barcelona voy en el tren más barato y no puedo llevar una maleta lo suficientemente grande como para traerme los tres cambios de vestuario que personifican las tres exposiciones del MoMA; solo tendré uno. En marzo fui al concierto de Rosalía en Madrid y no podía parar de pensar en cómo debe de ser eso de contar con los medios necesarios para trasladar un concepto tan complejo, ambicioso y trabajado como el de LUX a un escenario. Y de qué manera. Intento hacer las paces con el hecho de que un artista independiente tan pequeño no llega a todo. Quizás no pueda llevarme el marco dorado de la portada del disco a cada escenario en el que toque para hacer una performance jugando con luces y reflejos… pero intento que mi actitud defienda el concepto. Prometo que algún día llegará. ¡¡¡Llegaremos!!!
Si alguien llega por primera vez a tu música, ¿qué canción de MoMA le pondrías y por qué?
«museum audioguide: steal like an artist». Es un poco rara, pero hay una cierta sensibilidad en ella que te atrapa. De entre todas las perspectivas posibles, me gustaría mucho que la gente percibiera mi música así: como algo mágico, algo que no se puede explicar ni tampoco evitar. Un trocito de verdad.
Y por último, si este disco es un museo de lo que ya te ha construido, ¿qué tipo de obra crees que formará parte del siguiente?
Los referentes te enseñan a identificar por qué tu mirada cae donde cae. Ahora que tengo esa información, quiero usarla como base para levantar una catedral: algo que llame a mirar a los ojos de los demás.













