El Gran Silencio no es un disco de género, aunque lo parezca. Tres guitarras que entienden de dónde vienen —el bolero, la rumba, el cancionero latinoamericano— pero que no se quedan ahí. Lo que hacen. Canciones que hablan de lo que se dice, pero sobre todo de lo que se queda dentro.
Sin necesidad de adornos innecesarios, el trío construye un sonido amplio desde un formato mínimo, moviéndose con naturalidad entre estilos que siempre han estado más cerca de lo que parece. Hay crudeza, hay ironía y hay una forma muy clara de defender la música: primero en la calle, después en el escenario. En un momento en el que muchas cosas suenan iguales, ellos apuestan por lo esencial y lo llevan al límite. Aquí no hay reconstrucción, hay presente.

Venís de una tradición muy concreta, la del trío de guitarras y voz de la canción romántica latinoamericana. ¿En qué momento sentisteis que ese punto de partida se os quedaba corto y necesitabais expandirlo hacia todo lo que aparece en El Gran Silencio?
Como comentas, el trío de canción romántica siempre ha sido un punto de partida, un concepto general. En ningún caso el proyecto es un ejercicio de género, simplemente nos basamos en la estructura de banda y en la temática de los temas para desarrollar nuevos caminos y explorar todas las posibilidades que nos da la formación.
En el disco convivís con total naturalidad la rumba, el bolero, el blues o incluso sonidos de Nueva Orleans. Más que fusión parece un lenguaje propio… ¿cómo se construye ese equilibrio sin que nada suene forzado?
De forma natural, las influencias que tenemos son esas que comentas y cada uno de nosotros tiene una forma muy diferente de abordar y tocar la guitarra. Imagino que la virtud es poder encontrar los puntos en común de los diferentes estilos que nos gustan para poder potenciarlos; en realidad, la música de raíz no dista tanto una de otra…
Todo el álbum gira en torno al amor y el desamor, pero desde un lugar bastante más oscuro y realista de lo habitual. ¿Os interesaba romper con la idea clásica de la canción romántica?
Nos apasiona la canción romántica y disfrutamos explorándola desde múltiples perspectivas. En el disco hay espacio para enfoques más clásicos y ortodoxos, pero también nos interesa adentrarnos en territorios más oscuros y decadentes a la hora de componer. Al mismo tiempo, en ocasiones jugamos con la ficción llevándola hacia el extremo opuesto, construyendo un universo más paródico e irónico como puede ser el caso de “20 dedos” por ejemplo.

Hay temas como ‘El Gran Silencio’ que hablan de lo que no se dice en una relación, de esa tensión incómoda. ¿Sentís que el disco habla más de lo que se calla que de lo que se expresa?
Se habla de lo que se dice y también de lo que nos gustaría poder decir abiertamente.
Trabajáis con tres guitarras y, aun así, el universo sonoro es enorme. ¿Dónde están los límites —si es que los hay— de un formato tan aparentemente sencillo?
La limitación seguramente sea, no componer nada que no podamos defender en directo. A partir de ahí, rienda suelta.
En canciones como ‘Ya no creo en el amor’ o ‘Los cuervos’ hay una visión bastante cruda de las relaciones. ¿Es algo que nace de lo personal o más bien de observar lo que os rodea?
Emana de varias fuentes. Hay mucho de personal, hay mucho de observación y otro mucho de ficción. Hay historias que quizá parten de un germen de una experiencia propia y acaba ficcionándose y llevándose a un terreno mucho más pantanoso o ridículo que la realidad.

Hay una sensación constante de homenaje: Los Lobos, Bambino, Ry Cooder, Las Grecas… ¿Cómo se dialoga con tantos referentes sin perder vuestra identidad?
Imagino que porque son referencias que nos han hecho entender la música como la entendemos y tocar como tocamos. No impostamos nada, la música que hacemos parte de ahí, por tanto, el diálogo sale solo.
Vuestra trayectoria está siendo muy rápida: debut, EP y ahora este segundo disco en muy poco tiempo. ¿Sentís que estáis en un momento especialmente fértil o que simplemente estáis dejándoos llevar por la inercia del proyecto?
Nos estamos dejando llevar un poco por el proyecto pero siempre intentando no despistarnos mucho e ir generando material siempre y cuando nos vayan dejando las agendas.
Decís que vuestro hábitat natural es la calle y el directo. ¿Qué cambia en estas canciones cuando pasan del estudio al escenario?
Las canciones cambian muy poco, pensad que la producción que llevamos en estudio es prácticamente la misma que en concierto. En directo hay más improvisación y algo más de desarrollo en los pasajes instrumentales.

Habéis pasado de tocar en Barcelona a empezar a girar por España e incluso México. ¿En qué momento sentisteis que esto dejaba de ser solo un proyecto entre colegas de bar?
Es un proyecto al que le vemos mucho potencial y estamos viendo una respuesta muy positiva por parte del público tanto en directo como a nivel de discos. Se está perdiendo la canción romántica y el directo guitarrero de club. Alguien tiene que recuperarlo…
Si alguien llega por primera vez a Los Buenos Valedores, ¿qué canción le pondríais para entender quiénes sois ahora mismo?
En este último disco hemos grabado un tema con título homónimo para no tener que definirnos nunca más jejejeje. Así que “Los Buenos Valedores”.
Y mirando hacia adelante, después de abrir tanto el abanico en este disco, ¿sentís que el siguiente paso será seguir expandiendo… o empezar a cerrar el foco?
Hay lenguajes que ya hemos explorado pero que no por eso vamos a dejar de trabajarlos. El bolero, la rumba, el blues… Son ingredientes indispensables de la receta. Seguramente seguiremos intentando poner el pie en diferentes estilos que nos gustan y que no hemos explorado todavía si de forma orgánica lo vemos pertinente.














