“Skank beat rockin’ my life”. Y sí, cuerpos moviéndose al ritmo del skank, pero reducir Fat Freddy’s Drop a eso sería quedarse tremendamente corto. Soul, dub, jazz, funk, electrónica, reggae y esa manera tan particular que tienen de coger todos esos ingredientes, meterlos en una misma habitación y conseguir que nada parezca estar fuera de sitio. Una fórmula que llevan más de dos décadas perfeccionando y que ayer volvió a llenar La Riviera, con meses de sold out a sus espaldas.
Era nuestra tercera vez viendo a Fat Freddy’s Drop en directo y había una razón especial para volver a encontrarnos con ellos: los 21 años de “Based On A True Story”, probablemente el disco que terminó de colocar a la banda neozelandesa en el mapa internacional y una de esas obras que siguen funcionando exactamente como deben hacerlo los grandes discos: de principio a fin, sin necesidad de saltar canciones. Un álbum para escuchar con calma, descubrir pequeños detalles después de varias escuchas y volver a poner entero cuando termina porque todavía no has terminado de entrar en él.

Y esta vez había otra circunstancia inevitablemente presente. La muerte de Dallas “Fitchie” Tamaira el año pasado dejó un agujero enorme en Fat Freddy’s Drop. Fitchie no era simplemente una pieza más de la banda: era una de las figuras fundamentales detrás de ese sonido, del bajo, de la electrónica y de una forma muy concreta de entender el groove. Verles ahora significa también comprobar cómo una banda con semejante historia consigue seguir adelante sin intentar fingir que nada ha cambiado. Y ha cambiado.

Hasta ahora, una de las cosas que más nos había fascinado de sus directos era precisamente esa manera de construir la base rítmica desde la electrónica. Todo parecía medido al milímetro, con ese punto hipnótico y quirúrgico que hace que un concierto de Fat Freddy’s Drop pueda meterte dentro de una especie de burbuja durante minutos. Ayer la película fue diferente. Por primera vez les vimos con bajo y batería acústicos formando parte de esa columna vertebral y el resultado abrió otra puerta: las canciones tenían más espacio para respirar, más margen para desviarse de la versión conocida y, sobre todo, más terreno para la improvisación.
No era simplemente tocar “Based On A True Story” en directo. Era volver a entrar en aquellas canciones desde otro lugar, 21 años después de que fueran grabadas y con una banda que ya ha pasado por suficientes escenarios como para conocer perfectamente dónde puede estirar una canción y dónde dejarla caer. “Ernie”, “Cay’s Crays”, “This Room”, “Ray Ray”, “Flashback”, “Roady”, “Wandering Eye” y “Hope” fueron apareciendo durante una noche que también se permitió pasar por “Next Stop”, “Avengers”, “Out To Sea” y “Shiverman”, antes de cerrar con “Midnight Marauders”.

Más de dos horas de concierto y una Riviera completamente entregada a esa mezcla tan difícil de explicar que tienen los neozelandeses. No necesitan correr. No necesitan encadenar canciones como si estuvieran tachando casillas de un repertorio. Pueden quedarse en un groove durante mucho tiempo, dejar que los músicos se escuchen entre ellos y permitir que una canción crezca poco a poco hasta convertirse en otra cosa. Ahí es donde Fat Freddy’s Drop siguen siendo Fat Freddy’s Drop.
El sonido, eso sí, fue mejorable al menos desde la zona en la que estábamos nosotros. En una banda donde cada pequeña capa tiene tanta importancia, donde conviven bajo, batería, vientos, electrónica y voces, cualquier falta de definición se nota especialmente. Y hubo momentos en los que nos habría gustado disfrutar de ese conjunto con algo más de claridad. No empañó la experiencia, pero sí fue probablemente el punto menos brillante de una noche que musicalmente tuvo muchísimo que ofrecer.

Y quizá lo más bonito de todo fue comprobar que, después de tantos años, sigue habiendo gente esperando durante meses para volver a meterse en una Riviera con Fat Freddy’s Drop. Nosotros ya vamos por la tercera. Ellos llevan más de veinte años construyendo este lenguaje. Y ahora toca descubrir hacia dónde lo llevan después de Fitchie, con una formación que incorpora nuevos elementos a una maquinaria que parecía perfectamente cerrada y que, sin embargo, todavía tiene espacio para cambiar.
Eso también es parte de la grandeza de una banda así: saber que una obra maestra de hace 21 años puede sonar diferente sin dejar de ser ella misma.
Y gracias, de corazón, a toda la gente que ayer se acercó a saludarnos, a charlar un rato de música o simplemente a darnos la enhorabuena por Territorio Music. No os imagináis el chute de alegría y motivación que nos dais. A veces uno sale de un concierto con la música todavía metida en la cabeza y, además, con un poquito más de ganas de seguir haciendo esto.





















