El grupo palentino El Naan presenta en formato trío su nuevo proyecto, Versos del páramo negro, en la Sala Villanos.
En las Geórgicas, Virgilio elevó la vida rural a reflexión poética. Siglos después, ese mismo espíritu parece latir en «Todo lo cría la tierra», un verso de un canto burgalés de siega que El Naan recupera en Casas cuerpo. El tema forma parte de su nuevo proyecto, Versos del páramo negro, presentado el 18 de octubre en la Sala Villanos de Madrid.
Es curioso que a las 13:00 h de la tarde de un domingo de octubre la Sala Villanos, en plena urbe madrileña, se convierta en cueva de pastores, juglares, cantores ancestrales, artífices de fuego de leña de encina y hacedores de golpes sonoros hechos canción con quijadas, sartenes y timples. Esta es la hoguera que El Naan enciende en formato trío, volviendo al origen, para presentar «un trabajo delicado que requiere silencio y escucha profunda», dice Carlos Herrero. «El público de Madrid sabe escuchar cuando se debe escuchar; y gozar, cuando se debe gozar. Y eso se dio. Era un día muy importante para nosotros», afirma.
Texto: Olga Muñoz
Fotografías: Daniel Merino

El proyecto que presentan nace de un deseo: buscar con las manos, dentro de la tierra, el germen de donde venimos y explorar nuevas formas de hacer música. El cantante, compositor y multinstrumentista Carlos Herrero (Tabanera de Cerrato, Palencia) y Héctor Castrillejo (Zúmarraga), poeta y arqueólogo experimental, fundaron El Naan en 2009, de vuelta a su tierra tras recorrer el mundo cazando melodías y ritmos. El grupo llegó a reunir siete componentes y ahora vuelve al formato original en trío con el canario Adal Puramabín a la percusión.
Lo suyo, dicen, no es música tradicional («para eso ya están nuestros admirados maestros que recuperan y cuidan el legado»), sino más bien sonidos étnicos y poesía que beben de ritmos afroamericanos, latinos, charradas salmantinas, nanas y romances. Una propuesta que llamó la atención de Vetusta Morla, con quienes colaboraron en la gira Cable a tierra en 2022 y 2023. Quién iba a pensar que de un pueblo castellano de un centenar de habitantes se puede salir y entrar para llenar estadios, que el folclore es tan poderoso como para obrar el milagro. Por algo el nombre del grupo significa pan en persa: al final se trata de alimentar el cuerpo y el alma, una de las muchas razones cósmicas por las que estamos vivos.

Y allí estaba la tribu, llenando la cueva. Comienza el viaje con el tema bautizado Colapso. Recita Héctor una oda a Dionisos con una bota de vino en la mano. Después suena En mi corazón de barro y entra en la cueva la artista manchega Rozalén cuyo pueblo, Letur, se nombra en recuerdo a ese lodo devastador que antes fue adobe. No hay artificios: las letras parten y hablan de una herida, la de un derrumbe de lo rural que pugna por mantenerse en pie, como las casas de adobe que no se caen, sino que se deshacen arrastradas por la lluvia. Cantan a la encina, al poder de la naturaleza que da y que quita, con todas sus consecuencias. Y como esta es una metáfora de la vida, al drama le sucede la fiesta. Arrancan las Coplillas de la hierbabuena, de las que emana un perfume fresco y limpio y pasan la antorcha a otro invitado, Raúl Rodríguez, quien desde Sevilla acompasa su guitarra flamenca a las melodías tradicionales. «Qué alegría saber que tenía amigos a los que todavía no conocía», dice Raúl, mientras entonan «Yo soy páramo negro, tú hierbabuena, contigo los eneros son primavera». Siguen temas como el Romance de la loba parda, extraído de un casete por el grupo salmantino Mayalde, o La abuela, que incluye una «Gañanada», canto de trabajo de Castilla la Mancha. Como si hilaran un telar ancestral, el grupo palentino trenza poesía y sonido y lo deposita en el altar de lo sagrado: el de nuestros orígenes.

En este recorrido sonoro escuchamos instrumentos como el banjo o el timple, pero también sus hermanos pobres, que eran otra cosa antes de convertirse en música. El suelo del escenario parece el de un hogar castellano sembrado de elementos insólitos: una calabaza, una sartén, una cántara de metal con la que la abuela hacía cantar a las cazuelas, una quijada, un pandero cuadrao de Peñaparda o un cedazo, que reproduce el sonido de la lluvia. Incluso una bramadera, instrumento prehistórico que los pastores en España utilizaban tradicionalmente como espantalobos y para comunicarse a larga distancia. Y, dejándome mecer por el sonido-mantra de la bramadera, me viene a la cabeza la película Pastoris, rodada en un habla ancestral, el palra (variedad del asturleonés) y que es un homenaje a la tierra olvidada que no nos queda tan lejos, ni en la distancia ni en el tiempo.

Quizás hay palabras que suenan incómodas en esta época empeñada en darle a todo un pulido artificial (el lenguaje también es síntoma de los tiempos). Vocablos como ubre, amamantar, lobas, fermentos, manos en leche con azúcar o cítara que desaparecen como ese barro disuelto en el río de la memoria rural. Aquí la tribu las entona y las grita, como si bailara descalza alrededor del fuego reclamando un sentir primigenio que yace medio olvidado entre el contenido adictivo de los smart phones y el consumo de cosas que no necesitamos. Puede que El Naan haya dado en una diana emocional que nos hace añorar épocas que aún laten por dentro. Lo que es seguro es un deseo: que la música siga siendo un canto colectivo y tribal dentro de una cueva que nos recuerde por qué es necesaria disfrutarla en directo, en comunidad: para protegernos de los lobos y cantar, tocar y bailar bajo el hechizo de la hoguera.



















