Madrid tiene algo especial para Trueno. Y después de lo vivido anoche en el Movistar Arena, en el fin de su gira Turr4zo por Europa, cuesta pensar que la conexión con la capital argentina tenga demasiado que envidiarle. Miles de personas saltando, pogueando y dejándose la piel durante más de dos horas de concierto. Una auténtica barbaridad que confirma que lo de Trueno con el directo va bastante más allá de encadenar canciones y saberse unos cuantos estribillos.
Todo empezó bastante en orden, con Saïan Supa Crew sonando justo antes de apagarse las luces. No sé cuánta gente reconocería a aquella formación francesa entre quienes llenaban el recinto, pero me temo que no demasiada. Mientras esperaba, sentado solo en la inmensidad de la grada, me dio por pensar si realmente había cultura hip hop entre toda aquella gente. Después me respondí a mí mismo: no lo creo. Aunque tampoco voy a ir de entendido, porque yo tampoco la tengo. Y quizá precisamente por eso me interesaba tanto lo que estaba a punto de pasar. ¿Qué ocurre cuando un artista consigue reunir a miles de personas que no necesariamente vienen del mismo sitio musical, pero que están dispuestas a entregarse por completo a lo que sucede sobre un escenario?
Con Trueno, la respuesta parece bastante sencilla: saltar hasta que no puedas más.

Con solo 24 años, sabe perfectamente lo que hace. Tiene una personalidad escénica arrolladora y un dominio del flow que, para mí, es una de sus mayores virtudes. Hay algo en su manera de frasear, de jugar con el ritmo y de moverse entre las palabras que le permite llevar las canciones a su terreno con una naturalidad tremenda. Es amo y señor del flow, pero también del escenario. No necesita estar constantemente buscando la atención del público porque sabe cómo mantenerla, cuándo apretar y cómo conseguir que la energía no decaiga. Lo suyo tiene una contundencia que hace que, por momentos, cueste recordar que estamos en un concierto de hip hop y no ante una banda de rock dispuesta a reventar cualquier recinto.
Porque lo de saltar y poguear fue una constante. Cuesta imaginar un concierto de hip hop mucho más cañero, con semejante capacidad para hacer que miles de personas se muevan al mismo tiempo y conviertan la pista en un auténtico hervidero. Y ahí está una de las cosas que más me gustan de Trueno: tiene el respeto de la gente que vive el rap desde dentro, pero también consigue conectar con generaciones que quizá no están tan metidas en esta música y su cultura. Públicos diferentes que terminan encontrándose en el mismo lugar, sin necesidad de compartir exactamente las mismas referencias. Esa simbiosis tiene algo mágico. Que un artista sea capaz de acercar a gente nueva a una cultura y, al mismo tiempo, mantener el respeto de quienes llevan años dentro de ella dice mucho de lo que está construyendo.

Otra de las cosas que marca la diferencia es la banda que lo acompaña. Guitarra, bajo, batería, percusión, teclados… y una manera de llevar las canciones al directo que multiplica su fuerza. Lo hemos dicho muchas veces y seguramente lo seguiremos diciendo: cuando una propuesta así se apoya en músicos que tocan en directo, el resultado gana muchísimo. No es solo una cuestión de volumen o de contundencia, sino de matices, de groove, de cómo respira cada canción y de lo que sucede cuando todos los elementos encuentran su sitio. La banda no está ahí para adornar el espectáculo ni para cubrir un expediente. Aporta músculo y convierte el concierto en algo mucho más orgánico.
En un momento en el que cada vez vemos menos bandas acompañando a artistas de las nuevas generaciones, encontrarse con una formación así resulta especialmente estimulante. No porque haya una única manera correcta de hacer música, sino porque es una pena renunciar a todo lo que puede aportar el directo cuando tienes los medios y la sensibilidad para aprovecharlo. Trueno demuestra que se puede mantener la esencia del hip hop y llevarla a un terreno instrumental que funciona de maravilla con su flow y su forma de dominar el escenario. Todo suma, todo empuja y todo parece pensado para que el público no tenga demasiadas oportunidades de quedarse quieto.

En lo visual, la escenografía cumple bastante bien, aunque no diría que sea lo más destacable de la noche. Me llamó mucho más la atención el despliegue de cámaras y, sobre todo, las posiciones desde las que se capturaban las imágenes. Algunos contrapicados eran imposibles, con unos ángulos realmente chulos que daban bastante juego a la realización y hacían que la experiencia de las pantallas tuviera personalidad propia. En un recinto tan grande, donde buena parte del público depende de ellas para seguir de cerca lo que ocurre en el escenario, no basta con poner una cámara delante del artista y proyectar lo que está haciendo. Hay que buscar perspectivas, jugar con los planos y conseguir que la imagen también forme parte del espectáculo. En ese sentido, hubo decisiones muy acertadas y una realización que ayudaba a disfrutar del concierto incluso desde la distancia.
Y hablando de distancias, volver al Movistar Arena desde la grada después de un tiempo sin pisarlo tiene su aquel. Cuando te acostumbras a los grandes recintos, llega un momento en el que normalizas sus dimensiones y dejas de ser consciente de lo impresionante que resulta contemplarlos desde arriba. Pero basta con pasar una temporada sin venir para volver a mirar alrededor y darte cuenta de todo lo que tienes delante. Si, además, el ambiente acompaña como lo hizo aquella noche, la sensación se multiplica.

Desde esa perspectiva, sin embargo, también se veía perfectamente algo que no nos gusta y que, sinceramente, nunca nos gustará: la división entre el front stage y la pista general. La diferencia entre ambas zonas era enorme. Mientras unos disfrutaban del privilegio de estar más cerca del escenario, en la pista general había miles de personas entregadas durante más de dos horas, saltando y pogueando sin parar un solo instante. Desde arriba se apreciaba muy bien esa energía constante, esa manera de vivir el concierto sin guardarse absolutamente nada.
Y resultaba curioso que el propio Trueno se dirigiera en varias ocasiones a la gente de pista general para decirles que esa era su verdadera gente. No sabemos quién decide cómo se organizan estos espacios ni qué criterios se siguen para establecer semejantes diferencias, pero cuesta no preguntarse qué sentido tiene levantar esas barreras en una experiencia que, precisamente, debería servir para reunirnos. Entendemos que cada producción tiene sus particularidades y que los conciertos funcionan con diferentes tipos de entradas, pero eso no significa que tengamos que dejar de cuestionar una fórmula que cada vez parece más normalizada.
Lo más llamativo es que la pista general no necesitaba demostrar nada. Desde la grada se veía a miles de personas saltando, chocando y disfrutando con una intensidad que no dependía de estar unos metros más cerca. La música estaba pasando por igual a ambos lados de aquella separación, pero la sensación de estar viviendo el concierto desde lugares tan diferentes resultaba inevitable. Y si el propio artista se encargaba de señalar dónde estaba esa gente que sentía como suya, la reflexión se hacía todavía más evidente.

Al final, lo que me llevo de la noche es la capacidad de Trueno para hacer convivir mundos que a priori podrían parecer alejados. El respeto por el hip hop, la energía de un concierto que por momentos parece una auténtica batalla de rock y una conexión con un público que no necesita tener un máster en cultura urbana para entregarse a sus canciones. Todo ello acompañado por una banda que engrandece la propuesta y por un artista que, con 24 años, tiene un control del escenario que muchos tardan décadas en conseguir.
Argentina y sus nuevas generaciones tienen muchísimo que decir. Y Trueno es una de esas pruebas que se entienden mejor cuando las tienes delante, cuando ves cómo responde la gente y cuando compruebas que el flow no es solamente una cuestión de técnica, sino también de actitud, personalidad y capacidad para conectar.
Madrid volvió a demostrar que tiene algo especial con él. Y nosotros nos fuimos pensando que, si esto es lo que ocurre cuando Trueno juega prácticamente en casa, habrá que seguir buscando excusas para volver a encontrarnos con él frente a un escenario. Aunque, a ser posible, la próxima vez nos ahorren las fronteras dentro de la pista.
















