Corto.alto y el futuro del jazz que se baila

por | Oct 24, 2026

Hubo un tiempo en el que baile y jazz llegaron a ser antagónicos. Se reivindicaba el género como ejercicio intelectual, estímulo para la mente (no para las caderas), y de sagrada seriedad. Así fue cómo, con la llegada del bebop en los 40, el baile quedó relegado de los pequeños y ahumados locales, y de un día para otro, enormes y abarrotadas salas de baile (como la histórica Savoy de Harlem), en las que noche tras noche la salida del sol sorprendía a los cuerpos sudados y extenuados de tanto bailar, fueron cerrando sus puertas. La era del swing llegaba a su fin, y baile y jazz separaban sus caminos. Al menos, durante unas décadas. 

Pero amigos, los tiempos han cambiado, y las nuevas generaciones de músicos, especialmente los de la efervescente escena británica, lo tienen claro. La tradición está para respetarla, pero también para evolucionarla; las etiquetas para romperlas; y los límites, para cruzarlos y expandirlos. Y el jazz está para sentirlo, con el alma, sí, pero también con los pies y las caderas. Y por qué no, los conceptos de rito comunitario y fiestón pueden convivir a la perfección en la sagrada liturgia de la escucha e interpretación de la música en directo.

Y con esa premisa e intención nos visitaba la noche del pasado miércoles en la madrileña Sala Villanos Corto.alto con su trío. Para hacernos gozar, bailar, y sonreír. ¡Y vaya si lo consiguió!  

Liam Shortall, el nombre propio tras el alias, con apenas 30 años, ha pasado de estar jugando con cables y aparatos en su estudio casero de su habitación en Glasgow, a ser uno de los nombres más mencionados, y también laureados, del competitivo jazz británico. Nominaciones al prestigioso Mercuriy Prize, premio al Mejor álbum en los Scottish Jazz Awards, y Artista del Año en los Jazz FM Awards (ganando ni más ni menos que a Ezra Collective y Nubya García, los otros 2 nominados) lo abalan. Y todo en apenas 3 años, que son los que han pasado desde que le conocimos con su debut “Bad with names” (2023).

Y todo con la misma filosofía del adolescente que empezó a experimentar con el sonido en su habitación. Multiinstrumentista, el crea y graba todo, tocando bajo, teclados, trombón, sintetizadores, y todo tipo de cachivaches, produciendo su propio sonido, en el que se mezclan con admirable libertar todo tipo de géneros e influencias: jazz, hip hop, funk, electrónica, dub, soul, drum&bass; samples, sintetizadores lo-fi, cultura club… Absolutamente todo cabe en su desinhibida y desprejuiciada propuesta.

Y si las ideas son atractivas y sus discos interesantes por ello, es en el directo todo cobra mayor sentido y dimensión. Porque su esencia es la de la sala de baile, la de la sesión de dj, aunque las interpretaciones instrumentales sean también apabullantes (con esa batería de ritmos trepidantes, y o esos solos de saxo con de notas repetidas y percutivas al más puro estilo Shabaka).

Al final de la noche, salíamos de la Sala Villano entendiendo muchas cosas. El por qué de la creciente fama de este joven; el mérito del éxito del resultado dada la complejidad y el eclecticismo de la mezcla. Y sobre todo, que el futuro de jazz está a salvo. El futuro es esto, es hoy.  

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