Texto y fotos: Kenyi Yoshino
Ver tocar el piano a Cucurucho Valdés es sentir, casi físicamente, el peso de un apellido que forma parte de la historia de la música cubana. No como una losa, sino como una responsabilidad asumida con respeto y mucha verdad, además de mucho trabajo, identidad propia y una relación muy consciente con el legado que representa.
Nieto de Bebo Valdés, una de las figuras más importantes e influyentes de la música cubana, Cucurucho no se esconde detrás del nombre ni lo utiliza como salvoconducto. Todo lo contrario. Él mismo lo verbalizó sobre el escenario: aceptar la propuesta de Colina de hacer un homenaje a Bebo no es algo sencillo. Ni emocionalmente ni desde el respeto artístico. Porque homenajear a alguien así implica exponerte, medirte con una sombra enorme y decidir desde qué lugar lo haces.

Y ahí estuvo una de las grandes virtudes del bolo. Una vez aceptado ese reto, lo que sucede no es un ejercicio de nostalgia ni de repetición. No hay intento de copiar gestos, ni frases calcadas, ni fórmulas reconocibles al milímetro. Hay memoria, sí, pero también presente. Hay un lenguaje propio que dialoga con la tradición sin quedarse atrapado en ella.
Musicalmente, el nivel fue altísimo de principio a fin. Mucho jazz, mucha música cubana y, sobre todo, mucha libertad. Las composiciones se estiraban, se comprimían y volvían a su sitio con una naturalidad pasmosa. Todo fluía sin necesidad de subrayar nada, como si la música encontrara sola el camino correcto en cada momento.
El formato trío fue clave para que todo esto funcionara con tanta contundencia. Compartiendo escenario con dos auténticos gigantes como Javier Colina y Inor Sotolongo, la propuesta creció en profundidad y en matices. No hablamos de un trío al uso, sino de tres músicos que se escuchan de verdad, que se dejan espacio y que entienden el silencio como parte del discurso.

Colina es una garantía absoluta. Su contrabajo sostiene, empuja y arropa con una elegancia que parece fácil, pero no lo es. Tiene esa capacidad de estar siempre en el sitio exacto, de aportar sin invadir y de darle a la música un cuerpo sólido sobre el que todo puede construirse con tranquilidad. Sotolongo, por su parte, es puro pulso cubano. Su manera de tocar no es solo rítmica, es narrativa. Cada golpe tiene intención, cada patrón dialoga con el piano y el contrabajo, recordándonos que en la música cubana el ritmo no acompaña, conversa. Y cuando decide empujar, lo hace con una fuerza que levanta al conjunto sin perder nunca el control.

En el centro de todo está Cucurucho, un «recién llegado» a Madrid y liderando desde el piano con una mezcla muy equilibrada de respeto, personalidad y libertad. Hay momentos de lirismo absoluto, otros más rítmicos, otros casi contemplativos. Y en todos ellos se percibe una relación muy honesta con el instrumento, sin necesidad de demostrar nada más allá de lo que la música pide en cada instante.
Más allá de lo estrictamente musical, hay una carga emocional que atraviesa todo el concierto. Cuba está presente todo el tiempo. No solo en los ritmos o en las armonías, sino en la manera de entender la música como algo compartido, como un espacio de encuentro, como una forma de vida. Esa sensación de hogar que aparece incluso cuando estás a miles de kilómetros. No creo que me esconda al decirlo. Cuba es, probablemente, mi país favorito de todos los que conozco. Y tener a Cucurucho Valdés viviendo en Madrid es un auténtico lujo. Un recordatorio constante de lo bonita, profunda y generosa que puede ser la música que viene de allí. Y también una pequeña llamada de atención personal: tengo que volver muy pronto.




















