Julián Olivares, el guitarrista que viajó en el tiempo a través de la música para recuperar no solo la historia familiar, sino la suya propia.

por | Sep 18, 2026

Julián Olivares (Madrid) es productor musical, guitarrista y compositor. Eso dice en su bio oficial. Pero también resulta que es monologuista, actor y poeta de forma extraoficial. O eso es lo que se deduce, al menos, después de presenciar su emotiva performance multimedia sobre el escenario. La Jota del abuelo es un recorrido por la historia personal de la familia de Julián Olivares a modo de documental gráfico narrado a través de nueve temas compuestos por él: entre tanguillos, milongas, pasodobles y chotis, nos va desvelando un legado que no es solo el suyo, sino el de una parte de la España de posguerra y la Europa del siglo XX.

Texto: Olga Muñoz

Escribo esta crónica un poco entre bambalinas, porque tuve la suerte de sentarme al lado de dos madres: la de Julián y la de El Rubencio, el ilustrador de esta historia. Como nada ocurre por casualidad, entre esas bambalinas descubrí muchas cosas de esta intrahistoria, término acuñado por Miguel de Unamuno para referirse a «la vida silenciosa y cotidiana del pueblo llano, la cual sostiene la historia superficial y visible de los grandes acontecimientos».

Y me contó este ilustrador madrileño que incluso llegó a soñar con el proyecto y su música durante el proceso. Rubén Jiménez «El Rubencio», colaborador de medios como El País, elDiario.es y Grupo Vocento, y cuyo trabajo abarca desde la ilustración editorial y de prensa hasta las cubiertas literarias para Alianza Editorial, también me contó que cuando María San Miguel, la dramaturga que le da forma escénica a la obra, escuchó la historia que quería contar Julián, le dijo: «Pero esta no es la historia de tu abuelo: es la tuya».

Y es que Julián Olivares Ripoll había escuchado desde niño historias que le contaban su abuelo y su padre.Creció admirando la guitarra que tocaba el abuelo, y recibió ese legado sin saber que iba a llevarle a representar la vida de su familia sobre un escenario. Julián, que toca con artistas como Zenet, Malú, Sheila Blanco, Pepe Habichuela o los Chocolatinos, se convierte en solista de su propia vida.

Es este un proyecto individual que se transforma en coral, en una representación de los cinco sentidos. Sobre el escenario del madrileño Teatro del Barrio, en un Lavapiés que lucha por su supervivencia, lo visual va de la mano de la iluminación y de las ilustraciones animadas que, en lugar de proyectar una imagen estática mientras suenan los temas que vertebran cada capítulo, producen una atmósfera envolvente, casi kármica, mientras nos dejamos llevar por cada nota. En cada ilustración hay un guiño; la portada del discolibro que contiene todo eso y que se vende a la salida del teatro es una guitarra con forma de J(ota); la imagen de los abuelos sentados en una colina mirando al horizonte se va poblando de luces, de colores, de vida, y cuenta una historia en sí misma con una belleza lírica que cada cual interpreta a su manera. El tacto son las fotos que va colocando Julián en su maleta y que reconstruyen el legado histórico (o la memoria emocional, como él dice); algunas las entrega al público para que las vean de cerca. El olfato es imaginativo cuando escuchamos y vemos: nos evoca el olor del humo de las bombas, de los autobuses, de las calles de un Madrid de posguerra. Imaginamos también la oscuridad y el silencio de la casa donde se ocultó ese abuelo desertor durante años, escuchamos el código secreto con el que se comunicaban entre ellos. Y el gusto es un sabor agridulce de aquella España, de aquella Europa, testigo mudo de horrores que aquí no se cuentan, pero se intuyen.

Es este un homenaje a su familia, pero también una historia que le transforma a él mismo. Y la cuenta como mejor sabe, sin alaracas. En un tono tranquilo, sosegado, con una voz templada y dulce, va introduciendo pedacitos de esa historia con la narrativa y con cada tema de ese imaginario musical que la acompaña. La música cuenta su propia versión, y hay que dejarla susurrar el mensaje que lleva. El primero tiene el nombre de Chotis republicano, representado con una ilustración de un traste rodeado de ramas y mariposas, el ojo que se fijó en la guitarra y que le hizo brotar alas. Empieza la historia y nos dejamos mecer por el sonido de las cuerdas y la ejecución impecable de Julián. El segundo tema es La farruca del churrero, cuya historia no explicaré aquí, porque es una de las más impresionantes. Solo diré que la calavera que la ilustra no hace justicia a la belleza lírica de estas notas. Uno se imagina escapando de las bombas que caen por Madrid, antes de que termine la guerra. Después hay un pasodoble; luego un tanguillo que comienza con los acordes de «Quinto, levanta, tira de la manta» hay una milonga en la que cuenta aventuras, espionajes, deserciones; y un vals que narra la historia de un encierro. Pero en todo este relato del pasado, hay en realidad un presente que Julián desvela con una sensibilidad enorme: el de la generación de nietos que cuentan esta historia. O, más bien, de nietas. Porque es su hermana la que le hizo pensar en ese legado emocional implícito, siempre transmitido por las mujeres de la familia, que tiene su propia melodía: la Guajira de Luz. Y, como en toda saga que se precie, hay luces y sombras, y este viaje se convierte, al fin, en un compendio de pasado, presente y futuro en el que cada alma que lo presencie encontrará, seguro, algo con lo que identificarse.

El final lo dejo abierto, como en una novela de intriga. Porque si quieres saber qué tienen en común Ian Fleming, un concierto de guitarra española y la jota del abuelo, tendrás que llegar a la última página.

Debo decir que, con tanta historia de espionaje, al final me convertí yo misma en investigadora, curioseando a la salida del concierto entre familiares y amigos. Julián es un guitarrista excepcional, y ya solo escuchar durante poco más de una hora cómo se entrega por completo a la guitarra es un lujo; pero viajar de su mano por la historia es un regalo. En esta escenografía artesanal, representada con el sello propio de María San Miguel (directora, entre otros proyectos, de «Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva») todo es auténtico, honesto y bello. Y cuánta falta hacen proyectos así en un mundo a menudo superficial y veloz donde el algoritmo nos despoja del espíritu crítico. Cada cual que sienta lo que quiera; pero merece la pena probar.

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