McEnroe presentó “La vida libre” su octava trabajo en La Rambleta en una noche que deambuló entre la contención, la delicadeza, la profundidad, la emoción y esa pulsión eléctrica que tan bien saben manejar en parte de los pasajes de su cancionero.
Esta vez el concierto fue en Ram Club, y se echó de menos disfrutarlos en el auditorio, uno de los hogares que siempre les ha cobijado. Siempre permanecerá en nuestra memoria sonora la primera vez que los vimos dentro de la primera edición del Deleste Festival, aquel día de octubre de 2012 consiguieron dejar un poso sensitivo en el público, que ha durado hasta el momento, y el cuál permanece intacto, pasen los años que pasen entre entregas discográficas y sus directos. También se quedaron como constantes todo lo que sucede en un concierto de los de Getxo; las palmas, los cantos en alto, las lágrimas cayendo, la piel erizada, los vítores entre canciones (y dentro de ellas), y los brazos en alto abrazando, acariciando, sintiendo todo el amor que guarecen sus letras y la electricidad que poseen cuándo despliegan sus canciones en directo.

El sábado pasado, corría otra atmósfera, estar de pie, invita a bailar, cantar en alto y a levantar las manos, pero nosotras preferimos recibirlos en una butaca, más concentradas en aquello que sucede en el escenario, y no en el público que te rodea, recibiendo así esos códigos vitales que tan bien manejan, y que han hecho que se conviertan en la banda sonora de nuestras vidas. Aun así, todo sucedió a la perfección, la proximidad, una buena iluminación, sin humo, un escenario cristalino tanto en lo visual como en lo musical. Ricardo siempre dice que son unos chicos del norte, sosos, pero no necesitamos que sean de la alegría de la huerta, solo necesitamos que sigan en su camino. Algo difícil dentro de la industria, pero que reconforta a su público, porque siempre son el sitio a dónde volver. Aunque el piensa que son gente seria, Ricardo tiene un ácido sentido del humor, cómo cuenta ciertas historias le define, y el otro día nos confesó que una seguidora les había recriminado no tocar “Rugen las flores” en Barcelona, lo hizo sin desdén y gracia, y con la elegancia que le caracteriza. A veces, el público no entiende que lo de pedir sus canciones preferidas, está fuera de lugar, a mí también me hubiera gustado escuchar “La Palma”, “Naoko” o “Las mareas”, esta última uno de sus hits según ellos, pero quién decide el ritmo del concierto y el repertorio siempre es el artista, y esto da coherencia y sentido al momento en que se encuentran o a cómo quieren afrontarlo. Por eso, aunque al final, se demandará más, y el ya inevitable “una cançoneta i mon anem”, no volvieron a subir al escenario.

“Can Fernando”, “Una amapola”, “Venta tomás” (dedicado a uno de los lugares de parada cuándo Ricardo sale de gira en solitario), fueron algunos de los nuevos temas que sonaron de “La vida libre”, un disco más pausado, reflexivo, en base a los detalles, a lo cotidiano, y a la vida en sí, la cual siempre hay que vivirla con libertad en la medida que nos lo permitan. “Los valientes”, “Luz de gas”, “Asfalto (libre los animales)”, “La electricidad”, o “Gracia”, una de mis preferidas, entre parte de los temas que sirvieron para repasar toda su extensa discografía. Esa que ha servido para intensificar todo aquello que nos conmueve, retuerce, balancea y eleva del universo sonoro de McEnroe. Y en todas las veces que los hemos visto y los años que les seguimos, han forjado unas cuántas historias personales que hacen que sus canciones sean una de las más bellas bandas y verdaderas bandas sonoras de nuestras vidas. Ricardo, siempre canta al amor, al amor en todas sus manifestaciones de forma sencilla y natural, consiguiendo ahondar en las almas de forma profunda, de forma que a veces duele, a veces reconforta, a veces te hace brillar, a veces te hace enmudecer, a veces te hace llorar y muchas otras veces te hace sonreír.

McEnroe expande un sentimiento tan universal hacia abismos ilimitados que hacen tomar perspectiva sonora a través de una instrumentación de altos vuelos, bien empacada y responsable de que el conjunto suene de forma impecable. Por lo que el directo transcurrió por esa perfección que rezuma en tormentas eléctricas y en esos cambios de intensidad tan bien conducidos. Dentro del desate creativo existe en el fondo un orden; son libres y experimentales en su ejecución, pero bajo una batuta bien clara y definida que les hace recrear las composiciones y llevarlas a la implosión. McEnroe son y serán una banda de amigos haciendo lo que más les gusta, sin más pretensiones, ni perspectivas de alcanzar la fama, aunque siempre ideando su carrera en base a un beneficio económico justo y sin costes añadidos. Esperemos poder disfrutarlos veinte años más (o al menos diez).





















