Dida Pelled nos acaricia el alma en nuestra primera visita al nuevo Café Central Ateneo

por | Oct 26, 2026

Llevaba meses diciendo que había que apoyar el jazz y el nuevo Café Central Ateneo desde su traslado, reivindicando la importancia de mantener vivos estos espacios y de seguir llenando las salas donde la música sucede de verdad. Y aquí viene la parte incómoda: servidor todavía no se había pasado por allí. Mucho predicar y poco practicar, hasta que el viernes Dida Pelled me dio la excusa perfecta para saldar la deuda. Más vale tarde que nunca, dicen. Y bendita la hora.

Porque, aunque la morriña por el antiguo Central de toda la vida siga ahí, este nuevo espacio tiene algo especial desde el primer momento. Bajar por esas escaleras preciosas, encontrarte con las cortinas rojas, la barra, los cocteleros y ese ambiente que va tomando forma antes incluso de que empiece la música… Todo contribuye a que la experiencia arranque mucho antes de sentarte a escuchar. Hay una rutina previa que invita a bajar el ritmo, pedir algo y dejarse llevar por el lugar. El Central conserva esa vocación de refugio para la música en directo, aunque ahora lo haga desde otra casa. Y qué gusto comprobar que la mudanza no ha borrado su personalidad.

En esas estábamos cuando apareció Dida Pelled, guitarrista y cantante israelí que tiene una manera muy particular de conseguir que el mundo baje las revoluciones sin necesidad de pedirlo. Una voz cálida hasta el extremo, una guitarra que parece hablar por sí sola y una personalidad escénica que llena el espacio desde la absoluta delicadeza. Nada de grandes aspavientos ni de tener que subrayar cada frase. Su fuerza está precisamente en lo contrario: en cómo frasea, en cuándo decide dejar respirar una melodía, en los silencios que coloca entre una nota y la siguiente y en esa sensación de que cada canción encuentra su propio tiempo.

Su música se mueve entre el jazz de raíces, los ecos del blues y una sensibilidad que permite disfrutar de cada pequeño matiz. Dida canta con una naturalidad desarmante y toca con esa soltura de quien no necesita demostrar a cada instante lo que sabe hacer. La guitarra no se limita a acompañar la voz, sino que dialoga con ella, responde, se adelanta y deja espacios para que las canciones respiren. A su alrededor, la formación estuvo a la altura de cada detalle, acompañando sin invadir y entendiendo perfectamente cuándo sumar y cuándo dejar que todo descansara sobre una sola frase.

Dida presentaba I Wish I Was a Single Girl Again, un disco que acababa de publicarse el día anterior y del que pudimos escuchar varios temas. Una oportunidad estupenda para encontrarse con material recién estrenado en un entorno que parecía hecho a medida para su música. Porque hay propuestas que ganan cuando se escuchan de cerca, sin distracciones, prestando atención a los detalles que en otros contextos pueden pasar inadvertidos. Aquí cada respiración, cada giro de la voz y cada matiz de la guitarra encontraba su sitio.

Y entonces ocurrió una de esas cosas que siempre agradecemos en un concierto: una música que parece diseñada para escuchar con los ojos cerrados terminó invitándonos a mover el cuerpo. Porque el jazz también tiene caderas, y el blues sabe perfectamente cómo llegar hasta ellas. La delicadeza de Dida no tiene nada de estática; debajo de esa aparente calma hay ritmo, intención y una manera de jugar con el pulso que hace que el concierto avance sin necesidad de levantar la voz. Salimos con los oídos acariciados y el alma bastante más tranquila de lo que había entrado, que tampoco es poca cosa en los tiempos que corren.

Y hay otro dato que merece la pena destacar: Dida Pelled actuó el viernes y el sábado, con dos sesiones cada día, y las cuatro colgaron el cartel de sold out. Cuatro sesiones agotadas en apenas dos días. Ojalá sirva para recordar que hay público para el jazz, para los formatos cercanos y para artistas que no necesitan grandes artificios para llenar una sala. Hace falta programar, dar visibilidad y seguir apostando por estas propuestas; después, dejar que la música haga su trabajo.

Antes de marcharnos estuvimos charlando un rato con uno de los trabajadores del Ateneo, que nos contó algunas cosas sobre el espacio. La conversación estuvo peligrosamente cerca de terminar con servidor haciéndose socio allí mismo. Si me llega a tener cinco minutos más, salgo con el carnet debajo del brazo. El sitio invita a quedarse, a curiosear y a querer volver, y eso dice mucho de cómo está pensado.

Nos queda conocer mejor el nuevo Café Central Ateneo y, por supuesto, seguir apoyando el jazz. Esta vez, al menos, hemos empezado por hacer exactamente lo que llevábamos meses diciendo que había que hacer. Y encima nos hemos encontrado con Dida Pelled, cuatro sesiones agotadas y un lugar al que ya tenemos ganas de regresar. No está mal para una primera visita.

Autor

  • Kenyi Yoshino

    Periodista, fotógrafo y amante de la música. CEO y creador de Territorio Music.

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