El synth pop de Soleá Morente reivindica su legado entre tradición y vanguardia

por | Abr 29, 2026

Escribió Annie Ernaux que “las canciones transforman la vida en novela. Hacen bellas y lejanas las cosas que hemos vivido. Es de esa belleza de donde viene más tarde el dolor de escucharlas”. De eso va, y mucho, el nuevo álbum de Soleá Morente, cuyo nombre, Sirio B, evoca la estrella que teje un hilo con lo invisible; es un puente entre pasado y presente, belleza y oscuridad, dolor y alegría. La artista nos sube en su nave espacial en la Sala But y comenzamos a respirar su universo sin escafandra: el pop se pone serio y elegante y fusiona flamenco, pop, electrónica y rock.

Texto: Olga Muñoz. Fotografía: Kenyi Yoshino

Es 23 de abril, Día del Libro, y Soleá Morente sale al escenario presidido por una base de micrófono cubierta de flores. El único toque de color dentro de una cuidada escenografía armonizada de negro, aunque su vestido emite brillos psicodélicos (¿serán estrellas?) proyectados hacia una sala repleta de energía, en un especial concierto que integra temas de varios discos (entre ellos, Aurora y Enrique), además de presentar su sexto álbum de estudio, lanzado en 2025 y producido por Guille Milkyway, líder de La Casa Azul.

La voz de Soleá es dulce y rasgada, popera, con luz propia. Se mete de lleno en el flamenco cuando quiere y se marca unas alegrías; luego, despega y de un salto se planta en el pop electrónico y cañero de “No likes” o “Gitana María”; controla los géneros y los registros, cuida la coreografía preparada con Ana Botía, canta con su hermana el emotivo “El pañuelo de Estrella” o pone al público a pie de pista para bailar “Mi vida es para mí” o la cumbia “Vamos a olvidar” junto a Las Negris y Guille Milkyway (el único que se sale de la etiqueta del riguroso negro) y que confiesa al salir al escenario sentirse “como un niño que entra en un sitio y todo le gusta, está todo lo mejor de la vida”.


También hay espacio para homenajear a Raffaella Carrá con la versión “No pensar en ti”, darlo todo con el flamenco experimental de “Con los nudillos” (tema superfuerte y potente, uno de los grandes momentos de la noche), o la ensoñación de “Ayer”, donde se asoma a una ventana por la que a veces le gustaría escapar y que encaja como un guante entre tanta psicodelia y flamenco vanguardista, porque es la pureza, el recuerdo y el homenaje a su padre. Todo un regalo envuelto en un abrazo con el elenco femenino de la banda en primera fila.

Acompañada por una banda estelar (Rufus T. Firefly, la guitarra de Gonzalo Navarro, Popo Gabarre a la percusión, los coros de Ruth, Nieves Lázaro a las teclas y voces o Javi Martín, de The Low Flying Panick Attack), canta a sentimientos hondos y al universo evocando la estrella brillante que da nombre al álbum. Un montaje espléndido que ha creado Soleá en este concierto tan personal, generosa para abrazar a su banda y ponerla con ella en primera fila, o de enternecernos cuando canta con su hermana y se respira amor fraternal inmenso (la potencia y garra rockera de Estrella quedará para el recuerdo).

En el álbum hay varios temas con “emes”: “Mírame”, “Mi vida es para mí”, “Amor mío”, “Mi cura” o “Gitana María”. Puede ser casualidad, pero esta mujer, que se ha acunado en la nana musical de la tradición, que ha sido mecida a golpe de palmas y ha caminado abriéndose camino por la música vanguardista y el pop, es también filóloga y gran lectora. Su música trasciende el género, pues Soleá sabe que el arte toma muchas formas (es poesía, teatro, literatura), y por eso se lanza a otro salto temporal al cantar junto a la voz de Enrique Morente “Mercurio y seda”, un homenaje a Omega cuya letra toma palabras del tema “Tú vienes vendiendo flores” del rompedor álbum de su padre, Despegando (1977). El sintetizador hace de elevador cósmico, pero en este puente intergeneracional también se atreve la mediana de los Morente con una base de drill en “Soleá del mar”, tema pop de raíz flamenca donde afirma bien claro que “Yo no quiero el lugar donde están los demás, vendiendo el corazón, muriendo por ganar, allí no se puede oler el mar”. Es la seguridad de una artista que no quiere encasillarse y que sabe, como persona humanista (igual que su padre), que la música tiene el poder de expandirse, como el universo.

Termina el concierto con “Baila conmigo” con todos en el escenario (incluido Kiki Morente) cantando a un público absolutamente entregado y diverso, ecléctico como su arte, que acompañó a Soleá en este regreso a las salas madrileñas; un público entre el que había gente que pensaba que iba a un concierto flamenco; fans que coreaban todas las letras a pleno pulmón, y otros que no sabían lo que se iban a encontrar: Soleá los embarcó a todos. Maravilla de paseo interestelar que no ha hecho más que empezar.

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