El productor británico, acompañado de una tremenda banda, demuestra por qué lleva 20 años siendo un referente del trip-hop.
La manera de consumir un género como el trip-hop es algo complejo.
Hay algo innegable, y es que no es un género hecho para bailar, algo que busca mucha gente cuando paga por ver música en vivo.
A favor, es un estilo musical que no disgusta a nadie (al menos que yo conozca).
A los que nos gusta este género y lo valoramos instrumentalmente (aunque también seamos los primeros en usarlo para ponerlo de fondo mientras leemos o trabajamos), nos suele parecer siempre buena idea ir a este tipo de conciertos. Te hacen volar, te hacen sentirte en un estado de armonía interna elevado. Es como un masaje para tu cerebro.
Bonobo y su banda llevan todas estas sensaciones al máximo nivel, siendo un referente máximo en la escena durante casi 20 años y demostrando el por qué también en sus directos.
Masajistas de cerebros nivel clase mundial.
Había escuchado mucho Bonobo pero no tenía ni idea de cómo era su puesta en escena, ni con cuántos músicos contaba en sus directos.
Primera grata sorpresa de la noche. Aquello era una banda de los pies a la cabeza, con batería, mister Simon Green al bajo, teclados, sintes, loopeadores… vientos, voces, guitarras, xilófonos…
Sumar la capacidad de hacer música de todos estos instrumentos, con la capacidad de Simon para hacer música con todos sus juguetes, generan una atmósfera que, sin dejar de ser minimalista en el resultado final, es tremendamente compleja y bonita.
Para los que conocen todo o algo de la discografía de Bonobo, es un productor al que no se le puede encasillar sólo en el trip-hop, aunque toda su música sí que se caracteriza por ese minimalismo del que hablábamos.
Y una de las cosas más increíbles del concierto fue que, durante las 2 horas que estuvieron en el escenario de La Riviera, fueron como ir por un laberinto musical, en el que no sabes lo que te vas a encontrar con cada nuevo tema. Miento, ¡incluso dentro de un mismo tema!
¿Habrá doble base rítmica? ¿Habrá melodías vocales? ¿Vendrá algo chill a 60bpm o le meterán caña? ¿Serán melodías en tonalidades sencillas o les dará por meter acordes barrocos? ¿Harán el típico bombo-caja o te meterán de repente ritmos asincopados? ¿Le dará a Simon por bajar al foso y dejar al público jugar con sus juguetes?
Bonobo y los suyos giran por el mundo demostrando que la electrónica no tiene límites en la creación y la experimentación, y que un directo con instrumentos acústicos siempre es mejor.
Cierto que el sonido de La Riviera flojeó un poco, pero eso no impidió para nada que disfrutásemos del viaje, incluso que bailásemos mucho más de lo que nos podíamos imaginar todos los que era la primera vez que disfrutábamos de su directo.
A destacar el juego de luces, con unos bucles y un colorido espectaculares (complicado por momentos para hacer las fotos de este artículo, pero sin duda que eso es lo menos importante en un show).
Fue un concierto al que fui sólo, y eso hizo que me dedicase también más a observar al público y la manera que tenían de sentir lo que sonaba. Os prometo que pocas veces recuerdo en mi vida de haber visto a tanta gente bailando con los ojos cerrados y disfrutando tanto del viaje que provoca la música.
Creo que para mantenerse en la industria musical durante un largo periodo de tiempo, no basta sólo con tener buenos temas. Tienes que tener buen directo.
Hoy en día se venden más entradas que discos, y llenar la sala de conciertos con más aforo de la capital un día entre diario con un género musical como el suyo, tiene meritazo. Y para nada es casualidad. Es causalidad más bien.
Aquel día todos éramos sexys, todos éramos seres de luz.
Todos flotábamos bajo los efectos de Bonobo.
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