Fui invitado a ver a Bad Bunny en Madrid y, como hacemos siempre que podemos en Territorio, decidí llegar con tiempo para ver también a los teloneros. No había escuchado absolutamente nada de Chuwi. Ni una canción, ni había investigado quiénes eran, ni tenía ninguna referencia previa más allá de saber que iban a abrir el concierto. Y desde que salieron al escenario entendí que acababa de descubrir algo que merecía mucha más atención.
Lo primero que me atrapó fue la energía, pero rápidamente apareció todo lo demás: una propuesta tremendamente fresca, joven y con Puerto Rico presente en cada detalle. Y, por supuesto, Lorén. Su voz, su belleza y su manera de ocupar el escenario me engancharon desde el primer momento. Tiene una elegancia muy particular y una forma de interpretar que hace que sea imposible no quedarse mirándola. Salí de aquel concierto pensando que necesitaba escuchar más a Chuwi y, como suele pasar cuando descubres una banda que te provoca esa sensación, me puse a seguirles y a investigar un poco más sobre ellos.

La historia de Chuwi tiene además mucho de esas historias que todavía se están escribiendo. El proyecto nació en Isabela, Puerto Rico, alrededor de los hermanos Lorén, Willy y Wester Aldarondo, junto a Adrián López. Empezaron a hacer música desde casa, experimentando y grabando durante la pandemia, cuando aquel tiempo de aislamiento terminó convirtiéndose en el punto de partida de algo que ninguno parecía tener demasiado claro hasta dónde podía llegar.
Lorén tampoco había planteado inicialmente dedicarse profesionalmente a la música y acabó incorporándose al proyecto a partir de las sesiones que compartía con sus hermanos. Esa dimensión familiar sigue siendo una parte fundamental de Chuwi y probablemente explica parte de la naturalidad que transmiten. Su música no intenta esconder de dónde vienen. Al contrario, Puerto Rico está completamente integrado en su sonido y en su manera de entender el proyecto, mezclando elementos de la música caribeña y latina con indie, pop, jazz, electrónica, salsa, merengue o dembow. Es una mezcla que podría resultar complicada de definir sobre el papel, pero que cuando la escuchas tiene bastante sentido porque todo parte del mismo lugar: su propia identidad.

Durante los últimos años esa identidad ha empezado a viajar mucho más lejos de Puerto Rico. El gran salto llegó con su colaboración con Bad Bunny en “WELTiTA”, incluida en DeBÍ TiRAR MáS FOToS, un disco profundamente conectado con Puerto Rico y con la necesidad de reivindicar la cultura, los sonidos y las historias de la isla. Para Chuwi aquello significó exponerse ante una audiencia mundial, pero también formar parte de un proyecto que tenía mucho que ver con lo que ellos mismos estaban haciendo desde hacía años.
La colaboración terminó llevándoles todavía más lejos y convirtiéndoles en parte de la gira de Bad Bunny, pasando de tocar en su entorno habitual a enfrentarse a públicos enormes en diferentes países. Y creo que ahí está una de las cosas que más mérito tienen: aprovechar una oportunidad gigantesca sin perder aquello que les hacía interesantes antes de que llegara esa oportunidad. Porque Chuwi no necesita abandonar Puerto Rico para sonar internacionales. Precisamente su fuerza está en todo lo contrario. En las letras, en los ritmos, en las referencias culturales y en esa manera tan natural de incorporar sus raíces a una propuesta completamente contemporánea.

Después de aquel primer concierto me llevé una sorpresa todavía mayor cuando descubrí que Chuwi iba a tocar en Madrid 2 días después en el Teatro Magno. Así que acabé viéndoles dos veces en muy pocos días, primero delante de un estadio que había ido principalmente a ver a Bad Bunny y después en una sala llena de gente que había comprado una entrada para ver exclusivamente a Chuwi.
Y para mí ese segundo concierto fue todavía más especial. Sobre todo por mirar al escenario y ver sus caras. Porque hablamos de una banda que hasta hace relativamente poco tiempo estaba construyendo su proyecto desde Puerto Rico, que no tenía necesariamente la intención de convertirse en una banda internacional y que de repente estaba en Madrid con una sala llena de personas que habían decidido ir expresamente a escucharles. Ese cambio se notaba. También se notaba que estaban disfrutando cada segundo y que eran perfectamente conscientes de lo que estaban consiguiendo.

Y eso es lo que me ha terminado conquistando de Chuwi. No solamente las canciones o la energía que tienen en directo, sino la sensación de estar delante de una banda que todavía está construyendo su historia y que tiene muchísimo margen para crecer. Hay talento, hay personalidad y, sobre todo, hay una identidad muy clara.
En un momento en el que muchas propuestas jóvenes parecen buscar rápidamente una fórmula que funcione fuera de sus fronteras, Chuwi está consiguiendo justo lo contrario: cuanto más puertorriqueños son, más interesantes resultan fuera de Puerto Rico. Y para alguien que lleva años siguiendo música y descubriendo artistas en festivales y salas, encontrar una banda así siempre es una pequeña victoria. Porque esa es precisamente la razón por la que sigo queriendo ver a los teloneros siempre que puedo. Esta vez fui a ver a Bad Bunny y terminé enamorado de Chuwi. Y sinceramente, me parece un descubrimiento cojonudo.
















