Entre la nostalgia y el presente: así fue nuestro FIB 2026 (parte 1)

por | Jul 19, 2026

Volver al FIB y a nuestro querido Benicassim siempre tiene algo de viaje en el tiempo. Para nosotros lo fue todavía más. Fue uno de los primeros festivales a los que fuimos, allá por 2007, cuando el cartel reunía a Muse, Arctic Monkeys, The Hives, Kings of Leon, Mando Diao, Iggy & The Stooges… y cuando, sin saberlo, acababas descubriendo artistas que terminarían marcándote. Allí vimos por primera vez a The B-52’s, Devo o una prácticamente desconocida Amy Winehouse. Poco más se puede pedir.

Aquellos carteles de principios de los 2000 pertenecen a otra época. No solo en el FIB, sino en prácticamente cualquier festival. Eran años en los que parecía normal juntar una cantidad absurda de nombres históricos con bandas que estaban a punto de explotar. Hoy el panorama es otro y tampoco tendría sentido compararlos constantemente.

Nuestra siguiente visita no llegó hasta hace tres años. Y la sensación volvió a ser muy buena. Vetusta Morla, The Offspring o Franz Ferdinand encabezaban una edición que, más allá de los grandes nombres, recuperó algo que siempre hemos asociado al FIB: salir de allí con una lista enorme de artistas nuevos por escuchar. The Wombats, Zara Larsson o un escenario pequeño donde nos encontramos a un desconocido Benson Boone meses antes de publicar Beautiful Things, además de Tom Odell, Sports Team o nuestros favoritos de aquella edición y también de esta, The Reytons. Ese espíritu de descubrimiento siempre ha sido una de las grandes virtudes del festival.

Tres años después repetíamos experiencia con un cartel que, sobre el papel, volvía a resultar muy atractivo. Por un lado, dos de los nombres más importantes del drum & bass y la electrónica actual como son Pendulum y Prodigy. Por otro, una buena presencia de indie rock británico, que personalmente seguimos disfrutando bastante más que la mayoría de propuestas nacionales. Y, cómo no, con la esperanza de volver a descubrir esas bandas que dentro de unos años estarán mucho más arriba.

Esta vez, sin embargo, esa parte nos dejó algo fríos. Más allá de Circa Waves, nos costó encontrar esos conciertos inesperados que te hacen salir pensando: «¿Cómo no conocía a este grupo?». En esta edición, en cambio, lo sentimos mucho más como un espacio de relleno que como ese lugar donde encontrar la música que te va a acompañar durante los próximos años.

El recinto sigue siendo uno de los grandes puntos fuertes del FIB. Es un espacio más que conocido, cómodo para moverse y con tres escenarios principales que funcionan muy bien. El asfalto sigue siendo duro cuando aprieta el calor, aunque también hay zonas de césped donde poder sentarse y descansar un rato. Quizá el principal inconveniente vuelven a ser algunos solapes entre conciertos, que quizás podían ser evitables ya que eran de apenas 10 minutos, pero que en determinados momentos obligaban a hacer elecciones demasiado complicadas.

También dio la sensación de que la asistencia fue inferior a la de otras ediciones. Como asistentes, es algo que se agradece muchísimo: menos colas, más espacio y una experiencia bastante más cómoda. Otra cosa es lo que eso pueda significar para las cuentas del festival.

Y hay una consecuencia bastante evidente. Al reducirse el peso internacional del cartel respecto a otras épocas, también se nota en el público. El FIB siempre había destacado por mezclar asistentes de media Europa, algo que hoy sigue existiendo, pero ya no con la misma intensidad.

Hubo pequeños detalles que tampoco terminaron de convencernos. Espacios como Repsol (aunque aquí tenemos que agradecer y mucho el espacio que nos brindaron a la prensa) o el cuarto “escenario” hacían que prácticamente siempre hubiese música sonando en cualquier rincón del recinto. A veces también se agradece encontrar un lugar tranquilo donde simplemente sentarte cinco minutos sin tener un concierto de fondo.

Más allá de eso, el FIB sigue ofreciendo una experiencia muy bien organizada. Los autobuses lanzadera funcionan, el aparcamiento gratuito sigue siendo enorme, los puntos de agua cumplen su función —aunque salga bastante caliente durante buena parte del día— y los precios están más o menos en la línea de cualquier gran festival de este tipo. Una apuesta segura para quien busque  nombres del indie rock nacional e internacional y una producción técnica a muy buen nivel, con escenarios que suenan realmente bien.
Quizá esta edición nos dejó menos descubrimientos de los que esperábamos, precisamente una de las cosas que siempre más hemos valorado del festival, pero sigue conservando gran parte de esa personalidad que lo ha convertido durante tantos años en una referencia del verano.

Y si algo nos dejó claro este fin de semana es que, más allá de las sensaciones generales, hubo conciertos que justificaron por sí solos el viaje. De esos hablaremos en el siguiente artículo, donde repasaremos nuestros bolos favoritos del FIB 2026.

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