Hay un pequeño grupo de artistas que llenan el escenario antes incluso de salir. John Legend pertenece a ese grupo. Anoche, en Noches del Botánico, no hubo una banda espectacular, ni grandes artificios visuales, ni una producción diseñada para impresionar. Solo un piano, una voz y dos horas para recorrer toda una vida. Y muchas veces ahí está precisamente el lujo: en descubrir que no hace falta nada más.
El formato elegido para esta gira es casi una autobiografía musical. Más que un concierto al uso, John Legend propone un viaje por su vida, desde aquella infancia profundamente marcada por el gospel hasta convertirse en uno de los artistas más importantes del soul y el R&B de las últimas décadas. Entre canción y canción fue desgranando recuerdos, influencias, inseguridades y momentos clave de una carrera que le ha llevado a colaborar con prácticamente cualquier nombre importante de la música contemporánea. De hecho, seguramente sería más rápido hacer una lista de los artistas con los que todavía no ha trabajado que de todos aquellos con los que sí lo ha hecho.

Eso sí, quien acudiera esperando un concierto sin apenas pausas probablemente se sorprendió. De las dos horas de espectáculo, cerca de cuarenta y cinco minutos estuvieron dedicados a hablar. Y lejos de hacerse pesado, terminó aportando muchísimo contexto a unas canciones que, escuchadas después de conocer las historias que esconden, adquirían un significado completamente distinto. Más que un recital, por momentos daba la sensación de estar asistiendo a una conversación íntima con alguien que ha decidido abrirte las puertas de su vida.
Y después está el músico. Porque una cosa es todo lo que cuenta y otra muy distinta lo que sucede cuando se sienta al piano. Ahí aparecen las razones por las que John Legend ocupa el lugar que ocupa. Su forma de tocar desprende una elegancia extraordinaria, siempre al servicio de la canción y nunca del lucimiento personal. Pero si algo sigue impresionando por encima de todo es su voz. Es una de esas voces que transmiten verdad independientemente de lo que estén cantando. Da igual que sea un tema íntimo, una balada o una canción más luminosa. Siempre consigue emocionar. Su falsete, inconfundible desde hace años, continúa siendo una auténtica maravilla, delicado, cálido y tremendamente reconocible. Basta escuchar un par de frases para saber inmediatamente quién está cantando.

El repertorio fue exactamente lo que uno esperaba de una noche así. No faltaron los grandes clásicos que le han acompañado durante toda su carrera, pero también hubo espacio para recuperar canciones de sus primeros discos, algo que siempre agradecen quienes llevan siguiéndole desde hace años. Todo ello interpretado con esa naturalidad que tienen los grandes artistas, los que ya no necesitan demostrar absolutamente nada porque lo hacen simplemente saliendo al escenario.
Hubo una frase que resumió bastante bien la noche. El propio John comentó entre risas que ponerse de apellido «Legend» era bastante ambicioso. Y probablemente lo sea. Pero después de verle durante dos horas cuesta encontrar un apellido que le encaje mejor. No solo por su talento como pianista o como cantante, sino por esa capacidad de convertir un concierto tan desnudo en una experiencia tan emocionante. Hay muy pocos artistas capaces de mantener a miles de personas completamente atrapadas únicamente con un piano y una voz.

Y, por supuesto, tampoco está de más volver a reivindicar el escenario donde ocurrió todo. Noches del Botánico sigue siendo, para quien escribe estas líneas, el mejor recinto de Madrid para disfrutar de un concierto. El entorno es incomparable, la visibilidad prácticamente perfecta desde cualquier punto y, una vez más, el sonido volvió a ser sobresaliente. Tan limpio y equilibrado que permitía apreciar cada matiz de una voz que no necesita esconderse detrás de nada.
Hay conciertos para cantar, conciertos para bailar y conciertos para salir con una sonrisa. El de John Legend pertenece a otra categoría. Es de esos que invitan a escuchar, a admirar y, dependiendo de la canción y del momento que esté viviendo cada uno, también a llorar un poco. Porque cuando el talento es tan grande, la sencillez deja de ser una apuesta arriesgada y se convierte directamente en la mejor decisión posible.













