Nos estrenábamos este año en Noches del Botánico con una de las fechas que más ganas teníamos de vivir. Y es que una de las cosas que más nos gusta de la programación del festival es precisamente esa capacidad para juntar artistas que, sobre el papel, parecen venir de mundos distintos, pero que comparten algo fundamental: calidad, personalidad y una base de seguidores similar en cuanto a número.
Ya ocurrió el año pasado con aquella maravillosa combinación formada por Tori Kelly y The Roots, que para quien firma estas líneas sigue siendo la mejor noche que vivimos en el Botánico durante 2025. Este año la propuesta era igual de sugerente.
Por un lado, Cory Wong, probablemente uno de los arquitectos del groove más importantes de la actualidad y una de las guitarras funk más influyentes de los últimos años. Por otro, Don West, cantante australiano, modelo y nueva sensación del soul moderno. Dos propuestas muy distintas y una noche que terminó confirmando todas las expectativas.

El encargado de abrir la velada fue el australiano. Y aunque el calor madrileño no era tan salvaje como en jornadas anteriores, la sensación fue que en cuanto puso un pie sobre el escenario la temperatura subió automáticamente unos diez grados.
Hay algo curioso con Don West. Puede que ser tan insultantemente perfecto físicamente termine convirtiéndose en una gran losa. Porque es fácil quedarse mirando la fachada y olvidar que detrás de ella hay un artista enorme. Y vaya si lo hay. Detrás de ese hombretón australiano se esconde un intento muy serio y tremendamente convincente de Marvin Gaye.

Don West respira soul por los cuatro costados. Lo tiene en la voz. Lo tiene en los gestos. Lo tiene en la manera de moverse. Su sensualidad masculina no es únicamente una cuestión estética. Está profundamente integrada en su forma de interpretar. Cada frase parece susurrada al oído de alguien. Cada canción tiene ese punto de cercanía y elegancia que poseen los grandes cantantes de soul. Y lo mejor de todo es que funciona.
Brillante concierto.

Después llegaba el turno de Cory Wong y su espectacular banda. Y si Don West había calentado el ambiente, Cory se encargó de convertir el Botánico en una auténtica fiesta.
El guitarrista estadounidense tiene algo hipnótico. Su mano derecha parece desafiar cualquier ley física conocida. Viéndole tocar da la sensación de que tiene la muñeca rota. Sube y baja a una velocidad imposible mientras genera ese groove tan característico que le ha convertido en una referencia absoluta del funk contemporáneo. Pero quizás lo que más nos gusta de Cory Wong es precisamente que nunca parece obsesionado con demostrar lo bueno que es. Y eso que es extraordinariamente bueno.
Porque aunque el proyecto lleve su nombre, jamás se siente como una exhibición de ego. Nunca parece el protagonista absoluto. De hecho, gran parte del mérito de sus conciertos reside precisamente en cómo reparte el protagonismo entre todos los músicos que le acompañan. Más que intentar impresionarnos con su virtuosismo, Cory parece empeñado en algo mucho más divertido como es hacernos bailar.

Y vaya si lo consigue. Durante todo el concierto la sensación fue la de estar viendo a una banda que disfruta enormemente tocando junta. Una sección de vientos sencillamente espectacular. Precisa. Potente. Con unos arreglos que te vuelan la cabeza.
A eso se sumó una producción visual fantástica, repleta de referencias a principios de los años 2000. Mucha estética de videojuego, mucho guiño nostálgico y algunos momentos realmente brillantes.Especialmente memorable fue la secuencia inspirada en Guitar Hero, que arrancó sonrisas generalizadas entre todos los que crecimos pegados a una consola durante aquella época.

Pero si hubo un gran descubrimiento personal durante la noche, ese fue el batería Petar Janjic. Sin conocer prácticamente nada de él antes del concierto, terminó convirtiéndose en una de las grandes revelaciones de la velada. Qué manera de tocar. Qué manera de entender el ritmo. Y además tuvimos la enorme suerte de que estuviera colocado lateralmente sobre el escenario, algo que cualquier amante de la batería agradecerá eternamente porque permite disfrutar realmente de todo lo que sucede detrás de los parches. Una auténtica barbaridad.

El concierto fue avanzando entre sonrisas, bailes y una sensación constante de que sobre el escenario había muchísimo talento junto. Y como guinda final llegó uno de esos momentos que siempre funcionan. La interpretación de Dean Town, de Vulfpeck, auténticos reyes del funk instrumental moderno y responsables de otro de los grandes conciertos que vivimos en este mismo recinto el año pasado.
Un cierre perfecto.

Ahora solo falta que el próximo año se animen a traer también a Fearless Flyers y terminamos de completar el círculo.
Si tenemos que poner algún pequeño pero, quizás en determinados momentos habríamos sacrificado algún solo por un poco más de repetición, de trance rítmico y de groove sostenido. A veces el funk encuentra su máxima expresión precisamente cuando deja respirar una idea durante varios minutos.
Pero siendo sinceros, estamos hablando de detalles mínimos dentro de un concierto enorme. Porque si algo volvió a quedar claro es que Cory Wong sigue siendo una apuesta absolutamente infalible. Enésima vez que le vemos. Enésima vez que salimos encantados.




















