Pasar más de media vida siguiendo los pasos de un artista hace que, poco a poco, deje de ser simplemente alguien al que escuchas. Acaba convirtiéndose en parte de tu historia, en una presencia constante que te acompaña en distintas etapas de tu vida. Casi a la altura de un buen amigo al que no ves todos los días, pero que siempre está ahí cuando lo necesitas.
Jamás olvidaré cuando cayó en mis manos el primer disco de Joss Stone. Yo apenas era un chaval de 17 años. Ella acababa de cumplir 16 (algo de lo que me enteré mucho más adelante, si no, probablemente no me lo hubiese creído).
Fue uno de esos flechazos instantáneos que suceden muy pocas veces en la vida. Bastaron unos segundos para quedar atrapado por aquel timbre de voz, aquella personalidad y aquella capacidad tan extraordinaria de pasar de la más absoluta dulzura a una intensidad desgarradora en cuestión de milésimas de segundo. Siempre he sentido debilidad por los cantantes capaces de moverse entre extremos emocionales sin perder autenticidad. Y en eso, Joss Stone para mi siempre ha sido la reina de este siglo.

Esos principios de los 2000 eran tiempos muy diferentes. Tiempos en los que internet no existía. Podías pasarte meses, incluso años, escuchando un disco sin saber prácticamente nada de la persona que estaba detrás de aquellas canciones. Era algo parecido a cuando lees una novela y construyes mentalmente el rostro de sus personajes. Durante cientos de páginas imaginas cómo son, cómo caminan, cómo sonríen. Durante muchísimo tiempo imaginé que aquella voz pertenecía a una negra. Mi cabeza asociaba naturalmente aquel soul profundo, aquella fuerza y aquel sentimiento a una mujer afroamericana. Así que el día que vi por primera vez una foto suya y descubrí a una adolescente rubia, de sonrisa infinita y aspecto angelical, el shock fue tan «superheavy» como precioso. Y, para qué negarlo, también comenzó ahí un enamoramiento platónico que me ha acompañado durante casi veinticinco años.

Desde entonces cada disco suyo ha sido un acontecimiento. Cada colaboración una pequeña celebración. Cada vídeo nuevo una excusa para desaparecer un rato del mundo y sentarme a escuchar con atención. Una de esas artistas que suena durante toda tu vida para sacarte sonrisas y lágrimas.
Asi hasta llegar a este viernes, cuando escribimos un nuevo capítulo de esta historia viendo por tercera vez en directo a nuestra querida Joss Stone. Probablemente fue el concierto más corto y más relajado de los tres que le hemos visto. Y siendo totalmente sincero, la parte fan echó algunas cosas de menos. Me faltaron canciones más variadas. Me faltó algo más de riesgo. Me faltó un poco de aquella Joss más salvaje, más explosiva, más imprevisible. Esa Joss capaz de romper una canción por la mitad con un grito cargado de alma y convertir una melodía delicada en una tormenta emocional.
También echamos de menos temas como Karma o el mítico Right To Be Wrong, que aparecía en el setlist previsto y que finalmente no llegó a sonar. Y para quien ha seguido su carrera durante tanto tiempo, son ausencias que inevitablemente se notan. Pero una cosa son los deseos de fan y otra muy distinta la realidad objetiva del concierto.

Porque incluso en una versión más relajada y contenida, el directo de Joss Stone sigue siendo una de las experiencias más hermosas que puede vivir cualquier amante del soul, el pop y la música hecha desde las entrañas.
Su calidad vocal continúa siendo sencillamente extraordinaria.
No hablamos solo de afinación o técnica. Hablamos de algo mucho más difícil de encontrar. Hablamos de una voz cálida y poderosa a la vez. Flexible, elástica, profundamente humana. Una voz capaz de acariciar una frase con delicadeza y desgarrarla apenas unos segundos después. Una voz llena de matices, de imperfecciones bellas, de respiraciones que cuentan historias y de silencios que también forman parte de la canción.
Joss canta con naturalidad, con elegancia y con una libertad que muy pocos artistas alcanzan. Estira las melodías. Las retuerce. Las reinventa. Juega con el ritmo. Entra tarde cuando quiere entrar tarde. Se adelanta cuando la emoción se lo pide. Convierte cada interpretación en algo único. Sigue viviendo cada canción como si fuese la primera y la última vez que la canta. Y eso marca una diferencia enorme y más para un estilo que se llama «alma». Su manera de frasear sigue siendo magistral. Su control dinámico continúa siendo impresionante. Su capacidad para transmitir vulnerabilidad, fuerza, sensualidad, alegría y melancolía dentro de una misma canción sigue estando al alcance de muy pocas personas en el planeta.

Y súmale esa sonrisa eterna que parece no abandonarla jamás. Descalza, libre, moviendo los pies y la espalda como si estuviera cantando en el salón de su casa. Sin artificios. Sin poses. Sin necesidad de construir ningún personaje.
Comenzó la noche enlazando You Had Me y Bring On The Rain en el primero de los 2 medleys que sirvieron para recordar por qué seguimos aquí tantos años después, continuando con Super Duper Love y otras 11 canciones (setlist al final de este artículo) que muy poco tienen que ver con lo que nos mostró en Noches del Botánico en su anterior visita a Madrid, siendo esto otro de los alicientes que hacen que siempre quiera ver a Joss Stone.
Recordad que apenas un año después de su última maternidad ya vuelve a estar recorriendo el mundo, compartiendo canciones y haciendo feliz a miles de personas noche tras noche. Y viéndola sobre el escenario resulta imposible no pensar que ha encontrado exactamente el lugar donde debe estar.
SPOILER: Anunció que para final de año sacará nuevo disco, 4 años después de aquel «Never Forget My Love».




















