Llegaba el 31 de octubre en Territorio Music, noche de Halloween, noche de brujas, y sobre todo para nosotros… noche de mucha música y jazz en directo. Hasta tres conciertos afrontábamos ese sábado.
Comenzábamos la intensa tarde-noche en la Sala Villanos con el Gustavo Díaz 4tet, que pesar del horario tempranero (17.30h), era un concierto para nada menor, ya lo decimos; y con esa sensación maravillosa, y que tan poco se da, por desgracia, a los que nos dedicamos a esto desde hace años, de ver y enfrentarte a un artista por primera vez sobre el escenario.

Las expectativas eran altas, nos habían gustado (y mucho), los muy recomendables álbumes a quinteto Cromatonal (2017) y Incipit vita nova (2018). Pero el resultado, las superó con creces. Sobre el escenario, se nos revela un jazzman de pura cepa, de los que emanan sabiduría y oficio por sus poros sin necesidad de alardes o brillantina. Nada de casualidad, por supuesto; décadas de experiencia sobre las tablas, y en las aulas, como profesor, o investigador sustentan una sólida carrera. Y sobre el escenario, todo eso florece: composiciones de gran belleza lírica, e interpretaciones y solos de altos vuelos nos hicieron disfrutar de lo lindo en una tarde de sabor a puro jazz. Incluso el aspecto de la sala acompañó, para enfatizar ese sabor a club de toda la vida, con una disposición con mesas y sillas en torno al escenario. Aspecto, por desgracia, poco habitual en la sala. Ya sabéis… la economía manda.
Y especialmente emotivo, sobre todo viniendo de un toledano, fue el recuerdo a las víctimas de la reciente tragedia ferroviaria. Gustavo, y su sensacional banda, reafirmaron esa idea de que la música es ese único esperanto que ha sido capaz de inventar el ser humano. Ese lenguaje común a todas las ideologías, bandos, razas y religiones; capaz de unir, incluso sanar heridas y apaciguar el dolor. Bendito invento.
Alfa Mist, presente y futuro del jazz británico, despliega su universo en el Teatro Albéniz

Hace cuatro años, los fans de Herbie Hancock que fuimos, en una, lejana ya, tarde de verano a las Noches de Botánico para disfrutar de la leyenda del jazz, nos llevamos un valioso regalo. Teloneando al maestro, conocimos en directo en España a un jovencísimo Alfa Mist, un nombre que empezaba a sonar con fuerza en la efervescente y muy competitiva escena jazzística londinense.
Cuatro años después, y alcanzando ya la cifra de 7 discos de estudio editados, la joven promesa ya es toda una realidad, y su nombre ya no suena, sino luce en mayúsculas como una de las propuestas británicas más frescas e interesantes. Y con ese merecido prestigio y expectación se presentaba sobre el escenario del Teatro Albéniz la noche del 31 de octubre.
Y es bonito ver que, en ese crecimiento profesional, la filosofía se mantiene intacta, y las bases se reconocen invariables. Bajo sus clásicas e inseparables gorra y sudadera desde el centro del escenario, dirige una propuesta que sigue siendo geográfica y personal. No se entiende esa música que fusiona jazz, con soul y hip-hop, impregnada de un profundo sentimiento de melancolía urbana, sin visualizar ese Londres lluvioso, grisáceo y underground cuyas calles recorre habitualmente; ni el fuerte contenido social y racial de su espíritu musical sin imaginarnos a un joven Alfa Mist criarse y crecer en el barrio de Newham, donde la cultura negra y el hip-hop le han marcado desde su niñez.

Solvente e interesantísima propuesta, en definitiva, de una banda que continúa casi intacta años después, con músicos extraordinarios como Jamie Leeming (guitarra), Johnny Woodham (trompeta), Flo Moore (bajo), y el siempre sorprendente Nathan Shingler a la batería (premio “UK Young Drummer fo the Year” en 2019, para que os hagáis una idea del talento del chaval).
Seguro que volveremos a encontrarnos con Alfa Mist, presente y futuro del jazz, por derecho propio. Y seguiremos pendientes de la niebla londinense, en la que proyectos tan interesantes florecen en su espesor.
Antonio Faraó reivindica la pureza del jazz en el Club Babylon

¡Cómo nos los estamos pasando este año con la nueva edición del Ciclo Impulso!
Si hace unos días os contábamos la experiencia mística y espiritual de ver a Shabaka, la noche del 31 de octubre era el turno para otro gran nombre del jazz europeo. En las antípodas en cuanto a estilo, eso sí, y de otra generación, se presentaba en el Club Babylon el pianista italiano Antonio Faraó (Roma, 1965).
Y lo hace en plena forma creativa a sus 60 años. Si hace un par de años nos deleitaba con “Tributes” (2024), uno de los mejores discos de trío de jazz de ese año; en 2026 ha doblado la apuesta editando dos discos magistrales, a piano solo en “Kind of…”, y a cuarteto junto con su compatriota el trompetista Stéphane Belmondo. Discos con los que demuestra, por qué es una de las figuras más respetadas y deslumbrantes del jazz europeo contemporáneo.

Pero ni lo uno ni lo otro; era en formato trío como se presentaba en Madrid. Y desde la primera nota, apabulla ver en directo el talento y virtuosismo de este pianista. Con una técnica impecable, y una limpieza de sonido cristalina aún en los pasajes más frenéticos, nos transporta a lo largo de la velada de tramos de una profunda emotividad, a vertiginosos y enérgicos temas, donde la intensidad no entra en conflicto con la elegancia y el sofisticado swing del que hace gala en todo momento el pianista.
En tiempos agitados, en lo político y social, y también en lo creativo, en los que la fusión con todo tipo de géneros y sonoridades ha reventado la etiqueta del jazz por todos sus costados, saborear por una noche la pureza de la tradición directa del bop, nos ha sabido a gloria, la verdad. Bendito sabor.













