La adolescencia nu-metalera de Madrid volvió a hacer pogos de verdad con Limp Bizkit en el Movistar Arena

por | Jul 2, 2026

Entre gorras rojas hacia atrás, camisetas negras y adolescentes compartiendo espacio con quienes vivimos el nu metal en plena adolescencia, los alrededores del Movistar Arena parecían una pequeña máquina del tiempo. Limp Bizkit había agotado todas las entradas prácticamente desde el mismo día en que se anunció el concierto y el ambiente era exactamente el que uno espera cuando vuelve una banda que marcó a toda una generación. Y lo mejor de todo era precisamente eso, ver a chavales que no habían nacido cuando Significant Other o Chocolate Starfish and the Hot Dog Flavored Water estaban arrasando compartir ilusión con quienes crecimos escuchándolos. Porque si algo quedó claro anoche es que Limp Bizkit no vive únicamente de la nostalgia, si no que sigue siendo una banda capaz de atraer público nuevo más de veinticinco años después.

Fotos: Julián Corro Martín

El nu metal fue probablemente el último gran movimiento capaz de sacudir de verdad el rock a nivel masivo. A finales de los noventa las guitarras se mezclaron con el hip hop, los scratches, las bases urbanas y una actitud completamente distinta a todo lo que había venido antes. Hubo muchas bandas importantes dentro de aquella ola, pero pocas reflejaron tan bien esa mezcla como Limp Bizkit. Y para quien escribe estas líneas también fueron una de las propuestas más creativas de toda aquella generación. Mientras otros grupos parecían seguir una corriente, ellos construyeron la suya propia, siempre al borde de la polémica, siempre con personalidad y siempre generando reacciones.

No llegamos a tiempo para ver a DeathByRomy, aunque nuestro compañero Julián sí pudo fotografiar su actuación. Nosotros entramos al recinto apenas unos minutos antes de que arrancara P.O.D., otra de esas bandas que forman parte inseparable de la banda sonora de nuestra adolescencia. Y vaya manera de arrancar. Desde el primer minuto sonando Boom quedó claro que estos tipos siguen en un estado de forma espectacular. Se han cuidado muchísimo y eso se nota tanto en la energía como en la ejecución. El sonido arrancó algo irregular durante las primeras canciones, pero fue asentándose rápidamente hasta dejarnos un concierto tremendo liderado por Sonny Sandoval, que apareció eufórico, hiperactivo y con una voz sencillamente impecable. No se le escapó una sola nota, ni en las partes más melódicas ni en los berridos, y la respuesta del público fue tan buena que por momentos costaba recordar que estábamos viendo a los teloneros de la noche. Madrid estaba completamente entregada y P.O.D. dejaron al público exactamente donde debía estar: caliente y preparado para lo que venía después.

Y entonces apareció Fred Durst. Fred Durst en Madrid, señores. Junto a él, Wes Borland, John Otto y Sam Koltun, encargado de ocupar el complicado lugar dejado por el fallecido Sam Rivers. Para los puretas era inevitable acordarse de muchas cosas. De aquel Festimad 2001 fallido. De Woodstock 99. De todas aquellas noticias que les señalaban como responsables de una generación descontrolada. Pero viendo el concierto anoche resulta evidente que nunca fueron ellos. Era la energía de sus canciones. Era la rabia, la actitud y la identificación que generaban sus letras. Y lo más impresionante es que veinticinco años después siguen transmitiendo exactamente lo mismo.

Quince años habían pasado desde la última vez que les vi en directo y reconozco que llegaba con ciertas dudas. El tiempo no perdona a nadie y muchas bandas sobreviven gracias a la nostalgia más que a su realidad actual. Pero la moneda salió cara. Muy cara. La energía sigue intacta, Fred Durst continúa teniendo esa capacidad casi sobrenatural para controlar a miles de personas con apenas un gesto, Wes Borland sigue siendo uno de los músicos más creativos, extravagantes y fascinantes que ha dado el rock moderno y la banda sonó enorme de principio a fin. Lo que ocurrió durante las siguientes dos horas fue una de esas comuniones colectivas que pocas veces se ven en un recinto de este tamaño. Pocas veces se verá un Movistar Arena botar tanto durante tanto tiempo seguido. Pocas veces se verán tantos pogos. Pocas veces se escuchará a tanta gente cantar cada palabra. Y, sobre todo, pocas veces se verán tan pocos móviles levantados. La mayoría de la gente no estaba grabando recuerdos. Estaba ocupada viviéndolos, como hacíamos antes.

Gran parte de culpa la tuvo un setlist diseñado para hacer felices a quienes llevábamos décadas esperando este momento. Aproximadamente el ochenta por ciento del repertorio estuvo formado por canciones de sus tres primeros discos, tres auténticas obras maestras que forman parte de la historia del rock, del metal y de toda una generación. Cada riff era reconocido al instante, cada estribillo era cantado por miles de personas y cada canción provocaba una reacción inmediata. Incluso los visuales entendieron perfectamente cuál era su papel dentro del espectáculo. Nada excesivo, nada innecesario, simplemente letras gigantes acompañando las canciones a modo karaoke para que todo el pabellón pudiera participar. Una idea tan sencilla como efectiva.

Al terminar el concierto y viendo salir a miles de personas con una sonrisa imposible de disimular, pensé que quizás el mayor logro de Limp Bizkit no sea haber vendido millones de discos ni haber sobrevivido a todas las modas, críticas y polémicas. Quizás su mayor logro sea haber conseguido que una música nacida para incomodar siga reuniendo a padres e hijos en el mismo pogo veinticinco años después. Porque anoche vimos a una banda demostrando que todavía tiene presente. Y cuando más de quince mil personas salen de un recinto afónicas, sudadas y felices, pocas pruebas más hacen falta.

Contenido relacionado

Tal vez te gustaría leer esto