Cádiz vivió una noche inolvidable en el Santamaria Polo Club, donde se celebró el último evento del verano del Sotogrande Music Fest, con Manuel Carrasco como estrella y más de 10.000 personas como asistentes.
Cádiz vivió una noche inolvidable en el Santamaria Polo Club, donde se celebró el último evento del verano del Sotogrande Music Fest. El público, más de 10.000 personas, procedentes de Málaga, Cádiz y otros puntos de nuestra geografía, había esperado pacientemente larguísimas colas para acceder al recinto. La autopista cercana al evento estaba colapsada en la salida de Sotogrande. Ya en el interior, la expectación se palpaba en el aire.
Cuando Manuel Carrasco apareció en el escenario, la ovación fue atronadora y unánime.
Su presencia era poderosa, como lo fue su brazo al lanzar al cielo una flecha de fuego con la que se inició un concierto que ya se auguraba único. Su imagen, vestido de negro con el arco de madera en mano, apuntando al infinito, nos dejó a todos sin aliento. Impresionante.
El escenario, atravesado por una flecha y coronado por un enorme corazón rojo y la pasarela, que se adentraba entre los asistentes, fundía a Manuel con el palpitar de su público. Todo ello, unido a las enormes pantallas a ambos lados del escenario, era el marco ideal para sentir cercana y potente toda la energía de su voz y de su música.
El concierto se inició con una fuerza arrolladora. El público, entregado, cantaba sus canciones como si fuera una sola voz, mientras Manuel saltaba, bailaba y volaba, literalmente, entre el escenario y la pasarela. Poderío en estado puro.
A medida que avanzaba la noche, Manuel nos hizo viajar a través de las emociones.
Un vuelo en el que, en algunos momentos, nos sentimos arrastrados por su energía imparable, por su absoluta entrega en cada canción. En el que vimos, sorprendidos, cómo sus pies apenas tocaban el suelo en un ir y venir frenético, que parecía imposible de seguir.
Y supo combinarlo, con maestría, con momentos de calma, sentado frente al piano, conectando corazones, emociones y sentires. Su voz, tan rica en matices, fue capaz de comunicar magia.
En ese viaje, Manuel nos llevó de la mano y nos fue adentrando en su universo musical, tan complejo y adictivo. Nos hizo bailar, nos hizo vibrar y saltar. Hizo que se nos erizara la piel, que muchos ojos se humedecieran de emoción. Un maestro.
Le acompañaban unos músicos increíbles, fantásticos, cada uno de ellos haciendo que la magia de la música que estábamos escuchando, se colara en nuestras cabezas en una explosión de calidad y saber hacer.
El entorno era espectacular, no podía haber mejor marco para Morat, la calidad del sonido era impecable.
Los efectos de luz no se quedaron atrás, cuidados y elegantes, en perfecta sintonía con las notas que flotaban en el aire. Contribuyendo a la perfección a aportar magia al espectáculo.
Tampoco dejaron a nadie indiferentes los enormes balones de colores lanzados al público en un momento del concierto. Su continuo rebotar, empujados por las manos juguetonas de los asistentes, confirió al espectáculo un aire lúdico, pueril, mágico.
Manuel levanta pasiones. Incluso entre el equipo técnico que le acompaña en su gira a lo largo y ancho de nuestro país. Pudimos ver a algunos de sus miembros bailando durante el concierto y me llamó la atención uno de ellos, cantando cada una de sus canciones, palmeando, emocionándose, como si fuera la primera vez que disfrutaba en vivo de su música. Todos rendidos ante su talento.
Manuel contagiaba su alegría de vivir, su ilusión por cada segundo vivido, su pasión desbordante por la música y sus ansias de fundirse con su público. Y compartía con todos nosotros un entusiasmo casi infantil, cantando, bailando, saltando, dando vueltas como un trompo, disfrutando como un niño feliz encima del escenario.
La voz de Manuel, como un torrente desbocado en ocasiones y acariciante e íntima en otras, con esa forma suya de cantar que le hace diferente y único, nos llevó a otra dimensión.
Manuel parecía no querer abandonar nunca el escenario. Feliz de sentir el abrazo de un público absolutamente rendido ante su voz y su música y así lo dejó claro con su última canción, coreada por todos una y otra vez, porque los allí presentes hubiéramos deseado que no hubiera un final y no marcharnos de allí hasta por la mañana.
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