Casi cien músicos sobre el escenario de Noches del Botánico. Solo por ver algo así ya merecía la pena acercarse hasta allí. La Orquesta y Coro de RTVE, dirigidos por el alemán Christian Schumann, ocupaban prácticamente cada rincón disponible de un escenario que pocas veces habrá albergado una formación de semejante tamaño. Y con tanto impulso como que hay demasiado que observar, incluso antes de comenzar. ¿Sabíais que los que llevan las partituras en tablet tienen un pedal para pasar página sin quitar las manos del instrumento? ¿O que afinar un arpa supone recorrer decenas de cuerdas una por una utilizando una llave específica? Yo tampoco me había parado a pensarlo nunca. Son ese tipo de pequeñas cosas que descubres antes de que empiece el concierto o durante los entreactos y que forman parte de la magia de ver una formación de este tamaño.

Siempre he pensado que si tuviera que elegir tres nombres para explicar las bandas sonoras de las últimas décadas me quedaría con John Williams, Hans Zimmer y Danny Elfman. En ese orden en cuanto a gustos personales. Los tres son gigantes absolutos, pero probablemente sea Elfman el más fácil de identificar con apenas unos compases. Tiene algo único. Algo que mezcla fantasía, oscuridad, inocencia, humor, melancolía y locura en proporciones imposibles. Escuchas una melodía suya y sabes inmediatamente quién está detrás. Y gran parte de culpa la tiene también la relación artística que ha construido durante décadas junto a Tim Burton. Una simbiosis digna de cuando estudias el significado de esta palabra en “conocimiento del medio”. El universo de Burton sería radicalmente distinto sin la música de Elfman, igual que muchas de las composiciones de Elfman difícilmente habrían encontrado un hogar mejor que las imágenes creadas por Burton. Son dos imaginarios que llevan tanto tiempo alimentándose mutuamente que resulta imposible pensar en uno sin que aparezca automáticamente el otro.

La selección de piezas fue un viaje por buena parte de esa historia compartida. Charlie y la fábrica de chocolate, Beetlejuice, Sleepy Hollow, Mars Attacks!, Big Fish, Batman, Wednesday, Corpse Bride, Dark Shadows, Frankenweenie o Eduardo Manostijeras fueron apareciendo acompañadas por las proyecciones creadas para el espectáculo, que solo cobraban valor en realidad cuando aparecían clips de dichas películas. Pero lo que más me llamó la atención fue comprobar cómo toda esa música funciona perfectamente incluso separada de las películas. Evidentemente las imágenes ayudan y despiertan recuerdos, pero las composiciones tienen suficiente personalidad para sostenerse completamente solas. No necesitan personajes, diálogos ni escenas para emocionar. Hay momentos en los que uno cierra los ojos y sigue viajando exactamente al mismo sitio.

También hay que detenerse un momento en el sonido porque fue una de las grandes sorpresas de la noche. Arriba del todo la sensación era espectacular. Todo estaba microfoneado y mezclado, algo que seguramente hará torcer el gesto a algunos puristas de la música clásica, acostumbrados a escuchar grandes orquestas aprovechando únicamente la acústica natural de auditorios y teatros. Pero en un espacio abierto como el Botánico la situación es distinta y, sinceramente, me encantó cómo sonó. La definición era extraordinaria, el equilibrio entre secciones estaba muy trabajado y durante muchos momentos parecía que estuvieras escuchando una grabación de estudio. Quizás incluso le habría dado un par de decibelios más aprovechando que todo estaba amplificado, porque la calidad era tan buena que apetecía sumergirse todavía más en ella.
La aparición de la violinista Sandy Cameron durante la interpretación de Eduardo Manostijeras fue uno de esos momentos especiales que elevan todavía más una obra y los aplausos del público. Y después llegó el instante que todo el mundo esperaba.

Danny Elfman apareció finalmente para interpretar las canciones de Pesadilla Antes de Navidad. Quizás alguno se sorprendió al descubrir que su presencia durante la noche era mínima, pero la realidad es que tampoco hacía falta más. Elfman no es director de orquesta. Nunca ha sido eso. La noche no giraba alrededor de su figura física ni de su presencia escénica. La noche giraba alrededor de su música, que es infinitamente más importante. Y cuando llegaron las interpretaciones de Pesadilla antes de Navidad y el posterior bis con Oogie Boogie, quedó claro que el auténtico protagonista había estado allí desde el primer minuto, aunque todavía no hubiese salido a escena.

Mientras volvía a casa no podía evitar pensar en lo difícil que será volver a ver compositores como Danny Elfman en el futuro. Vivimos una época fascinante en muchos aspectos, pero también una época en la que la tecnología y la velocidad parecen imponerse constantemente a la personalidad. Y precisamente por eso resulta tan valioso enfrentarse a la obra de alguien capaz de construir universos enteros con unas pocas notas. Porque eso es lo que hace Danny Elfman. Compone lugares, personajes, emociones y recuerdos. Compone mundos. Y anoche, durante más de dos horas, tuvimos la suerte de pasearnos por uno de los más maravillosos que ha dado el cine moderno.














