Se pueden descubrir bandas de infinitas formas pero a mí una de las que más me gustan es a través de las fotografías de otras compañeras de Barna o Madrid. Así fue como me llegó la existencia del cuarteto de Manchester, Maruja. Después vino la confirmación en el Canela Party, otra forma de guitarte con éxito en las búsquedas de nuevas bandas, y por último enterarse a través de unos más que sugerentes vídeos promocionales para anunciar que tocaban en la última semana de un tórrido agosto en la ciudad.

Con todas las entradas vendidas en la sala 16 Toneladas, la expectación estaba más que servida. La espera terminó el pasado miércoles 26, día de la tan ansiada cita. La vida, sobre todo en el plano musical, es una constante de idas y venidas, de altos y bajos, de calma y tempestad. El contrapunto de aquella tarde fue ir a visitar por primera vez a mi sobrina, Susi, así que primero vino la paz, el sentir que se parase el tiempo y la máxima adoración. De camino a la sala, andando sentí de nuevo, lo maravilloso que es vivir. Después vino algo tan apoteósico que aún retumba y estremece. Maruja ya se encuentra en boca de todos los que nos gusta los sonidos más experimentales, su viaje sónico va entre el post-rock, noise, jazz, el hip-hop, rap y algunos retazos de spoken word (a veces recuerdan a rage against the machine), y saben crear ambientes hipnóticos, que van in crescendo, creando tensión y músculo. Se hinchan y deshinchan de una forma tan orgánica que dibujan la belleza en esos pasajes tan progresivos cargados de matices. Su primer larga duración “Pain To Power”, estuvo en listas de los mejores discos del año pasado.

Cuentan con una potente sección rítmica, con un bajo (Matt Buonaccorsi) frenético y epatante, y un batería (Jacob Hades) que machaca las bases de forma atronadora. Al frente el cantante Harry Wilkinson, al que poco le duró la camiseta desabrochada con la que salió al inicio del concierto, y una actitud desafiante (que tiene más de pose que de intención, porque dentro todos llevan más amor y paz que otras cosas), junto al saxofonista Joe Carroll, alma pura de la banda, que forma de tocar e interactuar con el público. El concierto no perdió ningún ápice de conexión, desarrollándose en una continúa improvisación (dentro de sus coordenadas) que mantuvo el interés y no bajó la intensidad. Carismáticos, reivindicativos, repletos de mensajes y de verdad de la que duele: Alzando la voz a favor de la gente de Irán, Líbano, Palestina, Ucrania (con un desgarrador minuto de silencio con el puño en alto), del amor y cuidado entre nosotros, y de la salud mental (animando a que nos abrazaremos entre nosotros). Mantener la atención en temas que algunos rozan los diez minutos, es un signo de triunfo de unos músicos que aman lo que hacen por encima de todo, y supuran esa pasión por cada uno de los poros de su piel.

Una noche en la que acabamos empapados de sudor, con pogos y stage diving, de esas movidas que tanto nos gustan, pero sobre todo, de una entrega colectiva que hizo vibrar al 16 Toneladas en una noche que tanto nos va a costar de olvidar. Si es que eso puede suceder. Mil veces más bandas como Maruja, os necesitamos en nuestras vidas.




















